Hay un lugar y un momento en los que los humanos luchan por sí mismos sin más recursos que el coraje que pueden extraer de sus músculos, nervios y corazón. Luchan en el más absoluto desamparo, sin más arma que la esperanza. Tienen enfrente a la policía, la ley, el gobierno del lugar y la opinión mayoritaria, y a su espalda, la ciudad, la familia y el paisaje del que los han expulsado. No pueden negociar porque nada tienen para ofrecer a cambio. No pueden apelar a la justicia porque la justicia no contempla su circunstancia. Ni siquiera hay un discurso articulado que permita entender la lógica que los guía porque hemos perdido la noción de lo que es la extrema necesidad. En el mejor de los casos, son un espectáculo que despierta inquietud y repulsión. Un pretexto para el turismo moral. Los niños magrebíes que pululan por la calles de Melilla a la espera de una oportunidad para saltar a la península encarnan un darwinismo en estado puro. Es la vida que pugna por afianzarse y expandirse, sin más provisión que una tierna osadía, un corto repertorio de ardides para la supervivencia y la precaria camaradería de los iguales para derrotar al alambre de espino, la crueldad de los centros de acogida, la acción policial y el rugido de las autoridades que piden a la población que los dejen morir de hambre en las calles, como a gatos asilvestrados. La frontera como matadero. No podemos imaginar la fortaleza física y psicológica que estos chavales necesitan para sobrevivir al trance.

El mundo lo vivifican los inmigrantes. Las sociedades estáticas y cerradas, embalsadas en su bienestar, están condenadas a la extinción. Estos chicos abandonados por todos persiguen construirse un destino y una patria y, al hacerlo, ayudarán a construir también nuestro destino y nuestra patria, que no será como la que tenemos, pero ¿qué tenemos?  Llegan a un país, o a un continente, si se quiere, opulento pero desarticulado, desconcertado y mezquino, a los que son ellos precisamente los que dan sentido porque son los únicos que creen en él. Una épica silenciosa, apenas visible, que teje el futuro, se desarrolla bajo nuestras ventanas. Los héroes están abajo; arriba, la vergüenza.