Manifestación de jubilados en protesta por la caída del poder adquisitivo de las pensiones, ayer. El lugar y la hora de la concentración no están publicitados. Una primera consulta en el teléfono de uno de los dos sindicatos más importantes de la región resulta baldía. La auxiliar encargada de la respuesta no lo sabe porque la manifestación no la organiza su sindicato. Da gusto encontrarse en momentos críticos con la burocracia sindical. La segunda llamada a otro sindicato es más orientativa. Allá vamos. Varios cientos de pensionistas envueltos en una ola de frío polar cuando el sol ya se ha puesto esperan frente a la sede de la delegación del gobierno central de la provincia. Ni una furgona de la policía a la vista. Se adivina que lo último que quiere el gobierno es ver en el telediario a los robocops zurrando la badana a viejitos y viejitas, que bastante tienen con no helarse el moco. Los reunidos esperan a que llegue la hora ensayando consignas que son coreadas con desgana, quizá por el frío ambiente o quizá porque la mayoría considera que las razones de su presencia en el lugar son tan evidentes que no hace falta pregonarlas. Todo está ya dicho: pensiones bajas y coste de la vida creciente.
Toman la palabra dos oradores. La primera, una mujer a la que la ira le arrebata las palabras. El segundo, un antiguo obrero experimentado en estas lides que predica la unidad y la lucha a la antigua usanza, y apela a los jóvenes, que están en alguna otra parte. Por último, invita a los presentes a sumarse a la plataforma, de la que reconoce que no tiene recursos. El frío arrecia y los manifestantes desfilan en silencio a lo largo de un par de manzanas hasta la sede del partido del gobierno (casi extraparlamentario en esta provincia), donde han apagado las luces de las oficinas y quitado banderas y cartelas del balcón por lo que las invectivas y consignas de quienes ocupan la calle se dirigen a la oscuridad. ¿Hay alguien ahí? Poco a poco, la manifestación se deshace como una madalena en el café con leche. Todo sugiere el retorno a la casilla de salida. La respuesta del partido del gobierno la recibimos a la mañana siguiente por boca de su portavoz, don Hernando, que da otra muestra de su característico matonismo verbal: otros sectores han sufrido de forma más intensa la crisis. Ojito, pues, que podría ser peor. La bravuconada se explica por la evidencia de que el malestar social generalizado no consigue cristalizar en una alternativa de gobierno. Este es un país de mareas –la verde, la blanca, la morada, la gris-, fenómenos naturales que, como todos sabemos, registran flujos y reflujos sin que, a la postre, alteren la geología del paisaje.