En estos últimos días del año ya ido, el centón léxico de la rae ha incorporado un puñadito de palabras, que obtienen así una suerte de vitola de legitimidad lingüística. El diccionario es a las palabras lo que la adquisición del dni para inmigrantes y refugiados. Todas las palabras son hijas de lenguas extranjeras, que han vagado por el mundo y han encontrado en cierto territorio mayor o menor grado de arraigo. El acceso al diccionario está al arbitrio de los académicos, y en esta tanda de nuevos socios no han dejado entrar a heteropatriarcado, palabro digno de toda sospecha, pero sí a otros términos no menos abstrusos, como especismo y aporofobia. Esta vez, las palabras aceptadas por la rae no proceden de extranjerismos o de jergas de tribus urbanas sino de las neolenguas creadas en laboratorios para dar nombre a hábitos y tendencias sociales que siempre han estado ahí con carácter genérico pero que, por alguna razón, han adquirido especial densidad y peso, que obliga a singularizarlas como específicas.
Por ejemplo, especismo (el atrasado procesador de textos se obstina en corregir por espejismo y al final, ya verán, saldrá la errata) designa la discriminación de los animales por considerarlos especies inferiores para ser utilizadas en beneficio de los humanos. A los animales les ocurre ahora lo que les ocurrió a los indígenas de las colonias europeas hasta el siglo pasado: descubrimos que eran iguales a nosotros cuando ya estaban diezmados, aprisionados, domesticados y en gran medida extinguidos por acción de nuestra cultura, que es la misma que produce el diccionario. Bienvenidos sean los supervivientes al patrimonio común de la lengua. Especismo (y dale con espejismo) es, pues, un término moralista, que comporta un examen de conciencia, dolor de corazón y propósito de la enmienda y, como todas las palabras marcadas moralmente, es susceptible de convertirse en un arma arrojadiza. Hoy podemos llamar especista (el tonto procesador se abstiene de corregir porque no encuentra un equivalente espejista) a quien antes llamábamos luterano, masón o rojo. Pocas bromas con el uso performativo del lenguaje: ya se sabe cómo acabaron por aquí los luteranos, los masones y los rojos.
Entre las palabras recién llegadas, aporofobia ha merecido el óscar a la palabra del año, premio que otorga la fundación del español urgente. Significa miedo, rechazo o aversión a los pobres, y sus resonancias connotativas deben ser de inimaginable potencia, habida cuenta que la mencionada fundación está patrocinada por uno de los bancos más grandes del país. La gestión de la fobia a los pobres es una de las tareas históricas del capitalismo, desde el ropero parroquial o el banco de alimentos hasta la modesta proposición de Jonathan Swift o la financiación de partidos socialdemócratas por las plutocracias del país, y se enfrenta con un dilema conceptual irresoluble. Si aceptamos que los pobres son como los ricos, convenimos en que son tan despiadados, insolidarios y explotadores como estos, por lo que es mejor que sigan siendo pobres, es decir, faltos de recursos, para no aumentar la desdicha de la humanidad. Pero si creemos que los pobres son mejores que los ricos porque albergan valores de fraternidad, inocencia y bondad natural, ¿qué sentido tiene corromperlos haciéndolos iguales a los ricos? La palabra entra en el diccionario pero el dilema moral que designa permanece intacto. No en vano el neologismo se debe a una catedrática de una disciplina académica recreativa: la ética.