Crónicas ginebrinas, y 3
En la ciudad de babel, como en las demás del imperio, las fuerzas económicas que lo gobiernan han delegado en las máquinas la prestación de un creciente número de servicios al público. El visitante recién llegado lo sabe y no puede sacudirse la aprensión cuando se dirige a la cafetería del hotel para tomar el desayuno. Allí le espera una pulquérrima máquina de café cuya fachada color charol le invita a servirse en diez idiomas, que, en conjunto, deben atender al noventa por ciento o más del género humano. Por fortuna, una de las lenguas de servicio es la del acongojado visitante, que, ligeramente tranquilizado, pulsa la tecla correspondiente que da paso al menú. La desolación vuelve al instante cuando comprueba que no aparece el familiar café con leche. Prudente, espera a que la máquina recupere su posición de inicio, como quien titubea pensativo ante un camarero de carne y hueso con la libreta de comandas en la mano, y pulsa después la tecla del idioma vecino al suyo y en el que cree poder manejarse a este fin, pero tampoco en este panel aparece café au lait. El visitante se toma unos segundos para tranquilizarse mientras su cerebro reflexiona aceleradamente de la única manera en que le han enseñado, mediante un proceso analógico y secuencial: café con leche es café más leche, así que pulsa primero la tecla de café para pulsar después la tecla de leche. La máquina obedece mientras centellean las lucecitas que dan noticia de que ha comprendido la orden, y colma la taza de café, y luego, con la misma diligencia, de leche, y la mezcla se derrama generosamente por los bordes del recipiente inundando el sumidero de la máquina. Un ataque de pánico se apodera del visitante; una mezcla de estupor y sentimiento de culpa, que le hacen sentirse un híbrido de Monsieur Hulot y Gregor Samsa. Gira la cabeza con la certeza de que ojos de los cinco continentes del planeta le están mirando. Pero en la ciudad de babel nadie mira a nadie y el visitante puede alcanzar su mesa con el mejunje en completa soledad.
Al día siguiente decide hacer valer sus sagrados derechos de cliente e inquiere a la distraída camarera por qué no hay café con leche en el servicio de desayuno. La interpelada, primero perpleja y luego condescendiente, le acompaña frente a la máquina de color charol y pulsa la tecla que anuncia renversé, que es como se llama el café con leche en el idiolecto local. El verbo renverser significa derramar que es lo que hizo el visitante el día anterior, pero en esta ocasión el líquido aromático y espumoso cae exacto y con limpieza suiza en la taza. Las máquinas, como los humanos que las han creado, entienden lo que quieren y a quien quieren. Es una cuestión de saber quién manda. El visitante no ceja en su empeño –ya se sabe, más vale honra sin barcos, etcétera- y pregunta a la camarera por qué no aparece esta opción en el panel de su idioma. De nuevo perpleja y condescendiente, la empleada señala en el cuadro luminoso el término que designa en el español de la máquina el café con leche: jarro. El resto de los aditamentos del desayuno se los sirve el cliente de la mesa, así que de momento se produce una tregua en la lucha con las máquinas que hablan en jerga. Pero el visitante analógico no cesa en su empeño de dar sentido a la experiencia, lo que le lleva al absurdo. Renverser es también derribar, volcar, asombrar, es decir, se trata de un verbo polisémico que denota todas las acciones y estados de ánimo del visitante ante la máquina, como si el jodido chisme se estuviera riendo de él. Pero, entonces, ¿cómo debe entenderse jarro?, ¿un apócope de jarrear, que sería el modo brutal como los hablantes de esta lengua derraman? ¿Así que los prejuicios que están en el subsuelo de todas las lenguas se han infiltrado en los códigos alfanuméricos del lenguaje dizque global de las máquinas? Esto debiera tenerlo en cuenta don Muñoz Molina, nuestro escritor universal, cuando se lamenta de que sus interlocutores cultos y cosmopolitas, como dice él, con los que platica en Heilderberg y por ahí, se manifiestan con desdén hacia el país donde se jarrea, y no se derrama, la lecha sobre el café. Cuando el visitante salió del hotel, un grupo de ciclistas se juntaba en la acera, equipados para emprender un paseo dominical. Visten maillots de Galicia, la que arde, y hablan gallego, una lengua que no está en el panel de la máquina color charol. Ellos también son cultos y cosmopolitas, a su manera. El visitante no pudo por menos que desearles un buen día.