Las únicas competencias reales que les queda a los gobiernos son de carácter económico, y constituyen su razón de ser: la gestión de la deuda, la acreditación ante el banco central, la interlocución con los mercados y el manejo de la hacienda a beneficio del sistema económico global que verdaderamente nos gobierna. Ninguna de estas competencias las tiene conferidas el govern catalán. La apretada simbiosis entre el poder político y el poder económico es una prerrogativa del gobierno central, que don Rajoy se ha apresurado a hacer efectiva en esta crisis favoreciendo el traslado de las sedes de grandes bancos y empresas a territorio seguro. Un fulminante decreto del gobierno español ha permitido en este trance que la decisión de traslado sea tomada por el consejo de administración de la empresa sin el engorroso recurso a la opinión de la junta de accionistas. Ni referéndum ni leches en el mundo del dinero. Antes se rendía al enemigo por hambre, ahora por descapitalización. En este universo de emociones que ha presidido el prusés, no hay emoción más intensa y resolutoria que la que brota, no del corazón sino del bolsillo. La victoria moral que creían haber obtenido los independentistas tras las brutales cargas policiales del pasado uno-o se ha congelado de repente en el ánimo del común con la migración del dinero. A don Mas, un independentista sobrevenido procedente del planeta tres per cent, le ha faltado tiempo para detectar la naturaleza del ataque y advertirlo: lo importante no es tanto proclamar la independencia sino cómo hacerla efectiva.
Referendos y cargas policiales son expresiones del pasado, tanto, que quien más las usó entre nosotros fue Franco, el cual nunca hubiera podido sin embargo trasladar la sede de un banco a Marruecos, a pesar de su acreditada filia africanista. Hoy, esto es posible sin consultar siquiera a accionistas y clientes. Todo lo que concierne al prusés tiene algo de historia de ciencia-ficción porque se desarrolla en el quicio de dos universos temporales. No solo viven en el pasado los catalanes que fueron apaleados cuando querían ejercitar el derecho al voto, que les identifica como ciudadanos de un estado democrático, sino que también son una reliquia viviente los febriles españoles que pregonan su condición de tales –soy español, español, español– con ademán sudoroso que impide discernir si están ante un hecho histórico o en el tendido de sol de una plaza de toros. Ambos, votantes apaleados y manifestantes gritones son materia de la arqueología política, fósiles vivientes. Desechos de tienta, para utilizar un término caro a los que empuñan la rojigualda, En el universo del futuro, que no está escrito, habitan quienes han decidido la mudanza de bancos y empresas. Soy de Segovia y vivo en Madrid, ¿dónde está mi patria?, se preguntaba retóricamente en la tele un tertuliano, antiguo preboste del pepé y anticatalinista. Bien, quizás en Suiza. Algo parecido debía pensar don Mas cuando divagaba entre independencia declarada e independencia efectiva.
La letra con sangre entra y tal vez algo hayamos aprendido. Todo lo ocurrido y lo que vendrá en los próximos días podría interpretarse como una rebelión, no contra la patria sino contra el sistema, no un acto de sedición sino una huelga. Si esto es así, habría que adaptar la estrategia y la retórica para que la lucha sea más efectiva.