Casi cada día, al filo de la sobremesa, recibe una llamada de teléfono en su domicilio. Se levanta de mala gana del nido en el que sestea, empuña el auricular e inquiere, dígame. Silencio al otro lado de la línea, apenas subrayado por un ligerísimo zumbido de fondo, como el ajetreo de un remoto enjambre de abejas. Dígame, otra vez, y cuelga. Las primeras llamadas mudas le parecieron una grosera descortesía, luego una broma de mala sombra, hasta que comprendió que quien llamaba era un bot, seguramente de alguna gran compañía de telecomunicaciones o de energía que iba a proponerle una rebaja de su recibo mensual, uno de esos chollos que nos asaltan a cada paso para mejorar nuestra aflictiva condición de consumidores. El receptor es un viejo jubilado no lo bastante paranoico como para creer que sea objeto de acoso, aunque ¿qué otro nombre podría darse a esta llamada casi diaria desde ultratumba? Era evidente que, en algún punto del tejido de algoritmos que mantenía en funcionamiento el bot se producía una disfunción entre la emisión de la llamada y la recepción de la respuesta. Y así pasaban los días.
Bot es una aféresis de robot (aunque también podría ser de tonto del bote) y da nombre a los artilugios cibernéticos que medran en el sector de servicios con el fin de abaratar los costes. Servicios sin servidores que devuelven al usuario la función de autoabastecerse. Se aplican en supermercados, bancos, gasolineras, etcétera, como experimentamos a cada momento, pero también a servicios aparentemente más complejos de venta o propaganda donde diríase que se requiere cierto trato personal con el usuario para saber de sus necesidades y poder seducirlo. El mismo jubilado del teléfono mostrenco no puede consultar las páginas de los periódicos digitales sin que aparezcan en la pantalla los libros que en una ocasión consultó en cierta librería on line y que no compró. He aquí un bot pesadísimo, que funge de vendedor, dejado a su albur por quienes lo pusieron en marcha y de cuya insistencia no hay modo de librarse. Dicen que un chisme de estos es el que ha intervenido en la melé catalana, con el único prestigio de haber sido activado desde el Kremlin, nada menos. Don Putin debió decidir cierto día, vamos a intervenir en Cataluña, como en los buenos tiempos de Caridad Mercader y sus hijos, y a través de la cadena de mando le llegó la orden ejecutiva al joven gafapasta multimasterizado al que han instalado en un cubil lleno de pantallas y cables en un sótano de la Lubianka. El chico tecleó la consola, se dijo a sí mismo, qué listo soy, pulsó enter y volvió al cómic que estaba leyendo, y toda una explosión viral de propagandistas y provocadores invadió las redes de Cataluña y quien sabe si hasta el teléfono de las llamadas fantasmas que perturban la siesta del jubilado. El viejo y el bot, un buen tema para un cuento y una excelente metáfora del fin del mundo tal como lo conocemos.