En la charca de libros desde la que se escriben estas líneas emerge a veces a la superficie un volumen del que se había perdido el recuerdo, un pecio de singladuras erráticas del que nos preguntamos qué circunstancias lo hizo valioso. El opúsculo que ha aparecido hoy entre otros despojos de imprenta lleva un título atrozmente cursi, Amor por la ciudad, un atadillo de crónicas de paseante por La Habana del que es autor Alejo Carpentier. El libro se adquirió quién sabe cuándo en algún mercadillo o feria de lance, pero quien lo adquirió reconoce de inmediato qué fue lo que le atrajo de estas páginas: el equívoco tenaz de creer que el tiempo pasado puede animar el presente. La de Carpentier fue una de las deslumbrantes prosas que enseñaron a este lector qué es la literatura. Leído ahora, nada queda en este librito de la vigorizante fragancia que encontró a los veintipocos en El siglo de las luces, Retorno a la semilla o El recurso del método, los cuales, si aún viven, deben estar perdidos en alguna breña remota de la parte alta de la biblioteca. Las crónicas habaneras de Carpentier, que debió escribir al final de su vida, aparecen ahora blandas, despegadas, y ni las volutas barrocas características del estilo del autor pueden rescatarlas de la desgana. Todo paisaje es una mirada y aquí la ciudad se muestra como un predio del escritor cuya crónica pone orden y sentido a calles y plazas. El desencanto que provocan estas crónicas no es solo literario sino, más agudamente, existencial porque la ciudad no es un espacio amueblado por las palabras del escritor o por los trazos de dibujantes callejeros, sino una bestia voluble y rencorosa. He recorrido durante más de sesenta años mi ciudad, aún la recorro a diario, y, a pesar de la tópica condición de capital de provincia, nada tiene de pastueña ni acogedora. La historia, ese tigre a la carrera, la habita. Los edificios mudan de apariencia y de uso, el urbanismo se expande por los márgenes en monótonos barrios vacíos, las generaciones vecinales se suceden y muy bien puedes fatigar el callejero de norte a sur un día tras otro sin cruzar tus pasos con los de ningún convecino reconocible. Una vitalidad explosiva a la que eres ajeno esmalta el espacio de rostros, lenguas, sonidos y hábitos extraños. De repente, el recodo de una calle, un viejo comercio titubeante, una perspectiva de la muralla, el atrio de una iglesia, se revelan como una propiedad de la memoria pero es un trampantojo momentáneo porque hace mucho que fuiste desalojado de ese lugar y más vale que te apartes de esta ciudad fantasmal –La Habana de Carpentier- si quieres seguir vivo.
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