En algún lugar de este país en el que compartimos carné de identidad cuarenta millones de vecinos, un grupo de ellos ha protagonizado una animada procesión religiosa del dios hindú ganesha al que han introducido en un templo católico y le han cantado coplas devotas que llaman rocieras y que se dedican a la virgen cristiana patrona del lugar. En el vídeo que documenta la noticia, el cromatismo de los ropajes, la ornamentación floral y la bisutería que adornan al dios elefante no se distinguen de los abalorios al uso de la madre del hijo de dios por estas latitudes. También los porteadores del ídolo exótico -sudorosos, febriles, eufóricos- son idénticos a los afamados costaleros de las deidades locales. Es un caso repentino de sincretismo religioso. Si los procesionantes hinduistas -¿de dónde han salido?- hubieran tenido ocasión de entronizar la imagen en alguna capilla de la iglesia, los fieles que la frecuentan hubieran tardado en apercibirse de la novedad, para no hablar de los turistas que la visitan, que hubieran incluido esta curiosidad en el mismo rango de atracción que el ecce homo de Borja. Menos mal que el clero estaba al quite y lo que al parecer iba a ser una ceremonia de confraternización entre religiones le ha costado el puesto al cura vicario de la parroquia y ha dado lugar a una sentida nota del obispo manifestando el profundo dolor por el daño, confusión y escándalo de el hecho haya podido causar en la comunidad cristiana. Las religiones son un código de señales y los clérigos no pueden permitir que se transmuten significantes y significados porque se quedan sin función en el mundo, que es lo que le ha pasado al vicario. Al pueblo bárbaro le da lo mismo adorar a un elefante sabio y providente o una niña abusada por una paloma porque de ambas leyendas extrae consuelo y esperanza, y también diversión, como puede verse, pero al pastor de la comunidad no pueden resultarle indiferentes estas extravagancias. La cópula jaranera del elefante y la virgen parecía un modo creativo de combatir el aburrimiento pero sus promotores se encaminaban sin saberlo hacia la entropía, que es la forma que adquiere el infierno en el mundo físico, el único que podemos conocer. Ahora tocan, en el bando cristiano, liturgias de desagravio para restaurar la sacralidad del templo profanado por el elefante, un animal excéntrico en las creencias de por aquí, donde solo son sagrados las ovejas, la mula y el buey, y apurando un poco el censo zoológico, el camello, y todos en roles subalternos.
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