Crónicas agostadas 12

Quince de agosto. Una reliquia del calendario eclesiástico que festeja la asunción de maría a los cielos en cuerpo y alma. El día en que retiraron del mundo al personaje más improbable de la historia sagrada: una mujer inventada por un guionista sin recursos, que aparece en la historia por casualidad, en medio de una conspiración de hombres, y de la que todo lo que sabemos conforma una leyenda imposible. Se la celebra en el día más vacío del año, ubicado en el centro mismo del mes de vacaciones, en el que la realidad está ausente. La ciudad desierta y la humanidad recostada en las playas, como una inabarcable colonia de pinnípedos de piel rosada. Más lejos, entre los campos amarillos y resecos, un estrépito de cohetes de fiesta y de mugidos de vacas corridas en los encierros aldeanos. Una jornada a merced del campanero loco de la parroquia frente a mi casa. Un día fantasmagórico y un país embalsado y quieto, inmejorable ocasión para morirse y para hablar de los difuntos, cuyo recuerdo se confunde en la calima con los vivos.  Basilio Martín Patino tenía buenas razones para saberlo y quizás por eso eligió estas fechas para irse, con la discreción con la que vivió, a juzgar por el laconismo de los obituarios que le han dedicado los periódicos a este cineasta de figura enjuta y pocas palabras, casi secreto para el gran público, que definió su oficio como una forma personal de mirar y que tuvo como premisa su libertad de autor en una industria asediada por intervencionistas de toda laya. Puede decirse que consiguió los dos objetivos, y no ocultaba el orgullo de haberlo conseguido. Desde Nueve cartas a Berta, un relato casi documental del paso de un universitario a la madurez en la España de los años sesenta,  hasta Libre te quiero, sobre las acampadas y asambleas del movimiento del 15-M en la Puerta del Sol, que realizó a los ochenta y un años, su obra es un despojamiento de las servidumbres convencionales del cine -guión, puesta en escena, narrativa codificada, etcétera-, acaso consideradas como una impostura, para ofrecer la realidad  que el autor ve y tal como lo ve, sin más intermediación que la lente de la cámara y la organización de las imágenes en el montaje como le dicta su sentido de la verdad. El resultado de este empeño es un ramillete de películas, todas las cuales constituyen un documento indeleble en la memoria de lo que fue el llamado llamado régimen de la transición o, como dice el cineasta, la España que me tocó vivir. Valdría la pena repasar estos materiales ahora que la generación emergente prepara una enmienda a la totalidad de este periodo histórico. Les servirá para hacerlo con conocimiento de causa.