Crónicas agostadas 1
El jubilado camina como un chaval con zancadas, cree él, airosas y resueltas cuando se ve asaltado por una urgencia mingitoria, otea alrededor en busca de un lugar para satisfacerla y encuentra un bar de nombre prometedor –Café Manolo– del que al entrar advierte que está atendido, como innumerables pequeños comercios de la ciudad, por una familia china. Pide un cortado, se dirige al servicio y hace lo que ha venido a hacer. Cumplido el trámite, el café le espera servido en la barra, con una galletita de canela típicamente envasada al vacío junto a la taza. El paseante azucara el café y la emprende con el envase de papel de aluminio de la galleta. Por supuesto, no consigue abrirlo. Es un manazas de nacimiento para el que la interacción con el entorno material es una tarea insufrible, así que es capaz de destrozar el regalo más precioso en el trance de extraerlo de su envoltorio. El hostelero chino observa sus atribuladas manipulaciones desde el extremo de la barra. El bar está vacío de clientes y el recién llegado se lleva furiosamente la galletita a la boca con el propósito de desgarrar el envase a dentelladas. Entonces oye: pelmítame El barman se ha deslizado a su altura y le requiere con amabilidad la galleta envasada. El paseante reacciona como un perro callejero al que un extraño le reclama el hueso en el que está empeñado. No, gracias, déjelo, yo ya…, protesta y hace ademán de guardar la galleta en el bolsillo del pantalón. Pelmítame, insiste el obsequioso barman, toma la galleta y con un gesto didáctico de ambas manos pellizca un extremo del envase, tira suavemente y el envoltorio se abre dejando extraer su fruto. Todos sobles iguales, ¿ve?, tilal de esquina y ya está, explica con imperturbable cortesía. Gracias, titubea el paseante sin creer del todo lo que está viviendo, mientras oye el estrépito de su autoestima estrellándose contra el suelo. Paga la consumición y vuelve a la calle con el sabor de la galleta en la boca, un sabor que promete convertirse en indeleble en su conciencia. Había entrado en el bar como un honroso descendiente de innumerables generaciones de imperialistas europeos y salía como un indígena confundido, que ha tenido que ser adiestrado sobre el manejo de un sencillo producto de la civilización tecnológica. En el camino de vuelta a casa, las piernas han perdido flexibilidad, los andares son más pesados y los hombros alicaídos parecen soportar el peso de centurias de colonización que los países de color han revertido sobre las espaldas del paseante blanco. El paseo matinal es un truco para combatir la decadencia pero ¿cómo puede hacerlo cuando la decadencia llega hasta la imposibilidad de abrir un envase al vacío?