El museo principal de mi pueblo expone durante este verano una muestra de pintura de los años setenta debida a jóvenes (entonces) artistas de la región que en esos años iniciaban sus carreras. Los fondos proceden de la fundación de la caja de ahorros regional, desaparecida hace cinco años en el tsunami de la crisis bancaria y económica de la que, según los prebostes al mando, ya hemos salido. La exposición no puede ocultar la modestia presupuestaria y la falta de ambición que corresponden a este tiempo de alegrías devastadas. En un doble sentido los materiales expuestos pueden ser considerados pecios de un naufragio, el de la propia generación cuyo nacimiento documenta la muestra y el del soporte público que ayudó a que emergiera. De aquella infraestructura cultural que sirvió para que los jóvenes artistas se reconocieran como tales, y fueran conocidos por el público, y de la cohesión y cercanía que reinaba entre ellos no queda nada, así que la muestra tiene un cariz arqueológico.
El espectador desfila ante estas obras con un ánimo similar al que le invadiría frente al arte paleolítico, en que una parte del interés reside en imaginar qué desarrollo habrán tenido después aquellos titubeantes pasos primigenios en la oscuridad de la caverna porque no otra cosa era la provincia en aquellos años en que los artistas tanteaban en busca de su propio camino, en una circunstancia huérfana de referentes y maestros. En las pinturas predominan variaciones tentativas sobre el paisaje y el paisanaje, en un intento de ampliar los márgenes de la figuración sin que la mayoría de los autores llegue a cruzar la frontera de la abstracción, excepto en las piezas de escultura donde ya es perceptible la influencia del arte escultórico vasco. Un rasgo que nos recuerda el espíritu de la época es que el humor está ausente y se registran más señales que conducen al patetismo y a la denuncia que las que llevan a la ironía o a la comicidad. Eran tiempos más aflictivos que esperanzados. Otra ausencia notoria es la del realismo; nada indica la presencia de un arte social, no hay retratos y las figuras humanas aparecen en grupo y en un contexto idealizado, ya sea como discurso o como folclore, o una mezcla de ambos. También pueden verse algunas muestras de formalismo trivial, post modernista, que identifican, y en este caso preanuncian, lo más caduco del arte contemporáneo.
El conjunto inspira en el espectador, al menos en este espectador, una impresión desasosegante: la de un camino truncado. La hipótesis es que el tránsito hacia la sociedad democrática estuvo en la provincia dominado por fuerzas reaccionarias, no importa su color político. No eclosionó un público curioso de nuevas expectativas sino empeñado en recrear el pasado; ensimismado en su historia y en sus mitos de origen decimonónico. Los artistas fueron zarandeados a uno y otro bando por la situación política que en ocasiones tuvo rasgos de larvada guerra civil y se abortó cualquier forma de discurso estético. Y, por último, ni las clases medias ni el mundo empresarial estuvieron interesados en el arte, y su promoción quedó al albur de la llamada obra social de las cajas de ahorro, una forma arcaica y constreñida a la que hubieron de aferrarse los artistas más tenaces, encapsulados en su propio esfuerzo.