Las onomásticas, aniversarios, celebraciones y demás pompas son para reventarlas y a eso están aplicadas ahora mismo las tertulias mediáticas, en medio de las cuales se oye la llantina del rey emérito por no haber sido invitado a la celebración del cuadragésimo aniversario de la democracia. ¡Él, que fue el artífice de la cosa, según la doctrina oficial imperante hasta hace cuatro días! Emérito es un término que designa a un jubilado sobredorado, pero jubilado al fin, y a los jubilados no se les invita a las celebraciones de empresa, bastante buena vida se les reconoce como para que crean además que les echamos en falta. Menos aún en las instituciones absolutistas, como la monarquía o el papado, que se rigen por la ley divina, y donde emérito es sinónimo de estorbo porque su presencia anuncia o recuerda una indeseable bicefalia, una quiebra del principio de unidad y un potencial conflicto de legitimidades. Por ejemplo, ¿se equivocó el espíritu santo al designar al ensimismado y presumidillo Ratzinger como papa?, ¿le ungió primero y le abandonó después?, ¿es el espíritu santo un sujeto errático y antojadizo o tuvo motivos para hacerlo?, ¿cuáles? Son cuestiones teológicas muy peliagudas. Ahora y aquí mismo, y a causa de la celebración de nuestra democracia, ya se pueden oír en las tertulias comparaciones entre el padre emérito y el hijo en ejercicio. Que si aquel tenía más pesquis política, que si este está mejor formado, etcétera. La historia de Europa hasta hace nada fue una sucesión de guerras dinásticas y legitimistas y, para evitar que se repitiera la tragedia del rey Lear, el estado moderno inventó el sistema de pensiones: cobras sin trabajar pero no vuelvas por la oficina a dar la brasa. La monarquía española, por ende, tiene algunas características que obliga a los servicios de protocolo a un ejercicio de equilibrismo. La monarquía fue restaurada por un dictador después de que fuera abolida por el pueblo soberano en unas elecciones democráticas, y la restauración se hizo sobre el ahijado político del dictador y no sobre el titular de la línea sucesoria a la corona, que era su padre, lo que ocasionó un roce constante entre padre e hijo, que vino a resolverse en el último minuto mediante una ceremonia que urdió el gobierno de esta remota provincia subpirenaica desde la que escribo en cuya capital era tratado el rey no reinante de una enfermedad terminal. En aquella ocasión, el rey en ejercicio y su padre, el monarca frustrado, sellaron una paz que la muerte de este último a las pocas semanas hizo definitiva. En el salón de respeto del palacio de gobierno provincial, que parecía aquel día el camarote de los hermanos Marx, el padre se plantó ante el hijo, se cuadró, dio un taconazo militar y proclamó ¡viva el rey! y al poco murió. Y es que la muerte nos iguala a todos, pero mientras se está vivo hay que echar mano del protocolo cuyo efecto más inmediato es suscitar la pregunta que caracteriza a nuestro sistema político: ¿qué hay de lo mío? Todo indica que el protocolo ha resuelto otra pregunta teológica: ¿podría haber pronunciado el rey en ejercicio la palabra dictadura teniendo enfrente al rey emérito? Este puede consolarse pensando que al menos el protocolo no le ha llevado al gallinero semivacío donde plantaron a don Sánchez, otro líder sin poltrona.
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