En un banco en el extremo del césped de la piscina pública, bajo una gigantesca conífera, el bañista hunde su atención en un libro de la poeta Wislawa Szymborska. El lector ha vuelto a la poesía, un género que no frecuenta desde no recuerda cuándo, porque la edad le hace presa de la urgencia por experimentar el peso, la música, las irisaciones de las palabras. Ha advertido que le falta tiempo y paciencia para dejarse entretener por otros géneros que fueron más de su gusto, como la novela y el ensayo. La primera le parece prolija; el segundo, distraído cuando no obvio. La poesía, por contra, forcejea con la atención, se niega a entregar su secreto a la primera lectura y obliga al lector a aceptar que las palabras significan lo que quieren significar. El carácter arbitrario de la versificación y el ensimismamiento del contenido hacen de la lectura un juego de azar, el desciframiento de un jeroglífico o el tanteo de un ciego. La esgrima lectora se ve perturbada por la charla de un grupo que ocupa el banco contiguo. Hablan de su infancia y juventud,  y el lector no puede evitar desentenderse de Szymborska reclamado por la memoria compartida de los hechos a los que aluden los contertulios. Vuelve, sin embargo, a la lumbre del poema: la realidad exige / que lo digamos bien claro: / la vida sigue su curso. Entonces Hojalata. La palabra le arranca del libro. Una de las mujeres de la tertulia  acaba de pronunciarla. Era el mote de un  discapacitado  que vagaba por las calles del casco antiguo diciendo y haciendo bobadas inofensivas y cuya presencia despertaba típicamente sentimientos de superioridad y ternura. La misión del tonto del pueblo es hacer soportable la vida de quienes no se consideran tontos. La mujer recuerda lo que decía y hacía Hojalata –por ejemplo, torear con su gabardina a los motocarros de reparto- y lo cuenta con fruición y sin duda con nostalgia. El lector ha oído tantas veces con anterioridad ese nombre y las hazañas que se le atribuyen que no puede decir que no sea un recuerdo inducido porque lo cierto es que no consigue poner cara al personaje y ni siquiera está seguro de que la sombra que habita en su recuerdo sea la de Hojalata o la de cualquier otro, o la de nadie. Hojalata es un pecio flotante en la memoria  del vecindario de la generación del bañista. Una leyenda, un fragmento de poesía popular. El lector vuelve a Szymborska:

Una cosa no acepto.

Volver a ese lugar.

Renuncio al privilegio

de la presencia.

 

Te he sobrevivido suficiente

y solo lo suficiente

para recordar desde lejos.