Los últimos años de vida profesional activa en una covachuela de la administración provincial estuvieron empapados en un aburrimiento mortal, lo cual es una redundancia porque vivir es básicamente vencer el aburrimiento. Una gas inerte envolvía  las horas y los días y se filtraba por las rendijas del sistema nervioso poniendo a prueba hasta las virtudes teologales. Aquel estado llevó a un descubrimiento que el funcionario abatido formuló así: el aburrimiento es la materia oscura de la condición humana. Y se sintió complacido con el hallazgo. Los organismos vivos que necesitan la totalidad de sus energías y de su tiempo en funciones directamente asociadas a la supervivencia de sí mismos y de la especie -búsqueda de comida, reproducción, crianza- desconocen el aburrimiento. Una experiencia no precisamente liberadora que cada vez comparten más vecinos de la tribu. Pero el funcionario pertenecía a la era anterior a la crisis de 2008 y estaba en las antípodas de una mamá babuino. Había  llegado al término de su competencia profesional y de su utilidad en el biotopo al que pertenecía y aún faltaba un montón de meses para que llegara la fecha de la jubilación administrativa. Es una humorada propia de los delincuentes que nos gobiernan la sugerencia de prolongar la vida laboral de los empleados cuando no se necesitan empleados. ¿Qué sentido tiene que se pueda trabajar hasta los ochenta años si apenas rebasados los cincuenta eres material desechable? Pero el funcionario no se planteaba estas cuestiones de orden, digamos, político, ya está dicho que era anterior a la crisis, sino que, al experimentar el tedio como una condición existencial, se empeñó en diversas tareas destinadas, primero, a combatirlo, y después, a comprenderlo, y, como Bouvard y Pécuchet, recopiló toda clase de documentos que le eran servidos por internet al teclear en los buscadores la palabra aburrimiento, con el objeto de levantar un estudio definitivo sobre este cansancio del ánimo, como lo define el diccionario rae. Es increíble la cantidad de ítems que impregna o contamina el aburrimiento. En el archivo digital que aún conserva el antiguo funcionario se pueden ver referencias a la economía, las emociones, la familia, el folclore, la jardinería, la moral, la medicina, los perros, la poesía, la política, la terapia, la violencia, sin contar la inevitable colección de citas célebres y los sinónimos y antónimos dispersos por enciclopedias y repertorios léxicos. Todo lo cual, sin embargo, revela una cierta poquedad, un tratamiento intrascendente o anecdótico del tema, como si lo que se puede pensar y decir sobre el aburrimiento no alcanzara ni a la millonésima parte de lo que se experimenta como tal. A la manera de los personajes de Flaubert, que fueron su modelo, el funcionario llegó a la jubilación sin haber empezado siquiera el magno tratado que se había propuesto. Apenas liberado de las constricciones del empleo, y pasadas las primeras semanas de eufórico dolce far niente, advirtió, no sin ansiedad, que el aburrimiento seguía ahí, agazapado en la felicidad recién adquirida. En el festejillo de su jubilación, sus compañeros de oficina le regalaron este dominio de internet en el que se determinó a tejer todos los días un artefacto de cuatrocientas palabras sin más sentido que una galopada para escapar de la persecución del tedio. Una experta en la cosa afirma que la humanidad ha progresado gracias al aburrimiento y que le primer fuego lo hizo alguien que estaba aburrido. Así que aquí estamos, haciendo chocar las palabras a la espera de que salga alguna idea incendiaria.