La confesión general fue (no sé si sigue vigente) una forma de tortura de matriz jesuítica que se aplicaba a los pupilos de los colegios religiosos de nuestra remota adolescencia y que consistía en compeler al reo a relatar ante un inquisidor todos los pecados contra las tablas de Moisés, cometidos o imaginados desde el comienzo de su todavía joven existencia. El principio fundante de esta práctica era la noción típicamente católica de la vida como culpa y el objetivo que persigue, el desguace de la conciencia para exponerla al escrutinio de un clérigo que se adueña de este modo de todo lo que te constituye como ser humano -pensamientos, actos, deseos, equivocaciones y perplejidades- a cambio de una desganada absolución que podía quedar sin efecto a causa de la falible naturaleza del penitente apenas abandonara el armario de madera donde tenía lugar la confesión. José María Conget ha urdido un hipnótico cuento cruel con este episodio en su último libro, que lleva este mismo título. El relato está narrado desde la conciencia del adolescente confeso, que intenta escapar de la  ansiedad y el desasosiego que le produce  el trance en el que está atrapado y del inmisericorde acoso del confesor. El lector se ve arrastrado a la compasión por el joven torturado a la vez que recibe una minuciosa información, tintada de rasgos de humor negro, sobre la mecánica de este procedimiento de dominación clerical. La confesión general fue una experiencia por la que sin duda también debieron pasar en su juventud la reata de ministros de don Aznar que desfilaron el otro día ante el juez para declarar sobre su presunta intervención en la financiación ilegal del pepé y que contestaron a las preguntas con un unánime, no sé, no me acuerdo, no me consta. Al verlos, era inevitable el recuerdo del cuento de Conget, leído apenas hace unas semanas. Claro que entre el personaje de ficción y los ex ministros, que también parecen de ficción, hay una diferencia significativa. La culpa que aflige al joven del cuento es de orden sexual, sexto mandamiento y la más importante fuente de nutrientes de la imaginación clerical, lo que da lugar a cierto regodeo en las inquisiciones del confesor y la correspondiente tribulación en las respuestas del confeso, mientras que los presuntos delitos por los que se inquiría a los ex ministros hacen referencia al séptimo mandamiento, que nunca ha ocupado demasiado a los moralistas católicos.  Seguro que don Acebes, don Mayor Oreja et alii fueron inducidos en algún momento a creer que la masturbación les podía ocasionar la ceguera, pero ningún director espiritual les preguntó nunca de dónde salían las jugosas plusvalías que permitían su holgado nivel de vida. Si el tenebroso dominico del relato de Conget les hubiera preguntado por este asunto, su respuesta hubiera sido, no sé, no me acuerdo, no me consta.  En un detalle, sin embargo, se parecen el personaje del relato y los ex ministros, si bien en el primero es una reacción atropellada y en los segundos una estrategia meditada y cerrada. Todos recurren a la casuística, ese sacacorchos jesuítico que pondera con finura de laboratorio el orden, las circunstancias y el contexto de los actos para determinar al milímetro el tamaño de la culpa. Los ex ante el juez comparecían como testigos, lo que significa que, si hubieran mentido, podían ser acusados de perjurio. No mintieron pero eludieron la verdad. Casuística. De algo tiene que servir la buena educación en un colegio de curas.