Acaso es una consecuencia del cambio climático. Un oleaje insólito arrastra al fondo las viejas estructuras que gobernaban las corrientes y servían de faro a los navegantes. Francia, la roca del estado moderno, es el escenario de un naufragio. Silencioso, imperceptible, envuelto en la niebla de una aparente normalidad, pero naufragio al fin, que ha acabado con el andamiaje político de la república y donde el electorado se comporta como si estuviera de vacaciones, liberado de las constricciones del pasado, tan libre, despreocupado y antojadizo, que ni siquiera considera necesario acercarse a votar. Una abstención cercana al cincuenta y ocho por ciento en la segunda vuelta de las legislativas debiera ser una razón de alarma pero estamos en un tiempo en que la normalidad es la apariencia de lo extravagante y arriesgado. Macron resultó elegido presidente por dos tercios de la población que no le habían votado en primera opción, y ahora su no-partido, un movimiento ad hoc urdido con las radiaciones estelares de su aureola personal, ha obtenido la mayoría absoluta. La revolución neoliberal que emergió en los años ochenta tenía como objetivo central adelgazar el estado. Por último lo ha destruido tanto como ha sido posible, y más que lo será en el futuro, mediante, a) la supresión de los servicios públicos ahora privatizados, b) la globalización que vacía de sentido la soberanía nacional y subordina la constitución a intereses superiores y foráneos, y c) la creación de centros de poder supranacional, financieros y tecnológicos, más grandes y fuertes que el estado mismo.  En el vacío creado por este turbión histórico, los electores que no han querido quedarse en casa  han optado por una solución bonapartista, para decirlo en francés, un césar, un guía mesiánico, un gurú del mundo nuevo, el cual ha recibido el mandato, no solo para gobernar el país sino, dadas las circunstancias, para construir una sociedad nueva de las ruinas de la que se desploma, lo que implica distribuir cargas y rentas, decidir quién gana y quién pierde, quién ocupa qué lugar, quién paga las facturas y quién cobra las comisiones. Todos los países de la unión europea dan síntomas de ese fin de fiesta en la que la crisis no solo ha roto la vajilla sino que ha agrietado los cimientos del edificio y abatido muros, y en todos los casos el electorado ha elegido a la derecha para que arregle la cosa. No la arreglará, pero tampoco hay alternativa a la izquierda, como se vio en la reciente moción de censura en España.