Mañana, 15 J,  se cumplen cuarenta años de las históricas elecciones para las cortes constituyentes que alumbrarían la democracia que ahora nos rige y, en consecuencia, el día en que el presente y el futuro empezaban a ser responsabilidad de la ciudadanía. Cuarenta años era un tópico cronológico de la época para aludir a la duración de la dictadura y era sinónimo de interminable. Y resulta que ahora han pasado otros cuarenta, lo que quiere decir que el joven de veintisiete años que vivió aquella jornada es el viejo que escribe estas líneas.  Aunque cueste creerlo, y nadie quiera confesarlo ahora, una porción mayoritaria de la población española  creía entonces por convicción o por conveniencia que la dictadura había sido un periodo pacífico y próspero y que cualquier cambio sería a peor. Esta es la razón de que ganara las elecciones un partido ad hoc formado por servidores del aparato franquista y por líderes de grupúsculos políticos de los grupos sociales beneficiarios de aquel régimen. Este gobierno pactó con la débil y fragmentada oposición acampada en los márgenes del sistema y el resultado quedó acuñado para los restos como la transición. El juicio sobre aquellos años y los que le sucedieron queda para el diagnóstico de los historiadores, pero, si me piden la opinión, diría que  no fue un mal resultado, amén de que tampoco creo que pudiera haber sido de otro modo en las circunstancias del momento, con la cultura política del país y con los agentes políticos y extrapolíticos que operaban en la escena. Dos, al menos, de los rasgos de aquella época permanecen intactos, como se ha visto en la reciente ceremonia de la moción de censura. El primero es una derecha que considera el poder como un patrimonio y a la que tanto la estructura económica del país como el andamiaje institucional ayudan a mantenerse cohesionada y fuerte, incluso en momentos, como el de hace cuarenta años o el de ahora mismo, que a un observador externo le podrían parecer el preludio de un desastre. El segundo rasgo es la división de la izquierda, que no se consiguió remediar entonces y no se conseguirá ahora. Para que la izquierda sea una alternativa real han de darse al menos dos circunstancias: a) un accidente externo que ocasione la implosión del partido del gobierno y ya se ve que la metástasis de la corrupción no es causa suficiente (hace cuarenta años fue un golpe militar y la demolición de la llamada ucedé llevada a cabo desde el interior del partido) y b) que una de las fuerzas de izquierda fagocite a la otra (en aquella época fue el pesoe el que se tragó al partido comunista, y, como prueba, hoy mismo en el congreso de los diputados, el recién estrenado portavoz socialista ha contado que participó en la transición como miembro de las juventudes comunistas). Mientras asistía a los episodios finales de la moción de censura, la melancolía me ha llevado a mi remota juventud pero, mirado con vista cansada, no han cambiado tanto los tiempos. Un reputado ministro de aquel primer gobierno de la democracia ha salido a la plaza pública para decir que los grupos terroristas de la época de su gobierno se han reencarnado en los de la coleta. Es el eterno retorno, aunque no creo que Nietzsche se refiriera a algo tan casposo cuando formuló esta noción.