A Carlos, fallecido el 17 de octubre de 2026 a los 74 años.

Escribo morosamente, titubeando, porque no quiero darte la espalda como hice cuando vivías. Busco en vano las palabras que habrían de retenerte aquí, entre nosotros. No un epitafio ni un memento, que evocan el pasado, ni tampoco una oración para la eternidad. Te has ido para siempre, no volverás nunca. Siempre y nunca son términos que marcan la linde de la experiencia decible. En la parte de acá de esta frontera, donde gobierna el tiempo, son palabras que no tienen sentido; al otro lado, tampoco porque el tiempo, que pauta nuestro relato compartido, se ha extinguido. Eres ya un fantasma, y disculpa la zafiedad de la palabra. Supongo que entiendes lo que quiero decir y no puedo porque no hay palabras que devuelvan la vida. Los humanos inventamos el lenguaje cuando tuvimos la conciencia inapelable de ser mortales. Ahora tú ya no lo necesitas.

En la reconstrucción de la memoria de lo que fuiste topo con el obstáculo de las últimas imágenes que tengo de ti, poderosas, intimidantes, atroces. Las últimas horas. Los ojos desorbitados por la sorpresa y quizá el espanto mientras las enfermeras te entubaban con la proverbial amabilidad del personal de la sanidad pública, que tú apreciaste y agradeciste como sustitutivo de la salud que te abandonaba. Los últimos destellos de conciencia fueron para seguir siendo como habías sido siempre y sugerir con gestos familiares y voz apagada y entrecortada a quienes estábamos contigo que no nos preocupáramos, que saldrías del trance. Yo deseé creerlo. Si habías vivido hasta ese momento, ¿qué razón había para que dejaras de hacerlo? Puedo imaginar el hilo de esperanza que te inspiraba y la necesidad de bondad con los demás que ha guiado siempre tu conducta.

Luego, perdida la consciencia, tu organismo se entregó a una batalla urgente por la supervivencia; manoteabas al aire y pataleabas bajo la sábana para escapar de la red invisible que te envolvía y te arrastraba. Asistir a esa lucha que habrías de librar solo y te alejaba de nosotros fue una experiencia que quizá no olvide nunca. La sedación dio sosiego al cuerpo y quiero creer que alivió tu sufrimiento; el estertor de intensidad declinante aún duró unas horas hasta que no quedó ni un adarme de energía en tu organismo. Cuando te di el último beso, el rostro era una máscara que expresaba la extrema violencia de la agonía –los párpados entrecerrados, la boca abierta y desencajada por la que había escapado el pneuma, el alma- pero aún estaba caliente y fue un alivio no experimentar en los labios la frialdad que otorga la muerte. Parecía un milagro, como si la vida remoloneara en el momento de abandonarte.

Al día siguiente, después de atravesar los breves trámites burocráticos que certifican nuestra definitiva separación, todo había cambiado. Los servicios funerarios habían hecho de ti un maniquí, apuesto y grave, trajeado con la única americana en el armario de un tipo que nunca fue trajeado, como si fueras a un acto de etiqueta. Disculpa la broma, sé que eras muy suspicaz para los comentarios personales y te dolían mis recursos a la ironía cuando hablaba contigo.

El tanatorio es el lugar donde se celebra el definitivo alejamiento de vivos y difuntos. Un ventanal y un estor abatible los separa. En su cubículo, el difunto parece estar esperando algo sin demasiadas preocupaciones. Indiferente. Los vivos dan el pésame y charlan de cosas de vivos, ajenas al acontecimiento que los ha reunido. Algunos no quieren ver al difunto, otros le echan un vistazo y apartan la mirada y otros justifican la ocasión con comentarios fugaces sobre su relación con él, ponderan benévolamente su talante y recuerdan una anécdota compartida, y aún hay otros, gente de confianza, que deslizan alguna observación sobre la apostura del difunto. En el velatorio siempre aparece más gente de la que esperas. No es el momento, pero valdría la pena entender este gregarismo alrededor de la muerte, aunque la anomia creciente en la que habitamos alcanza a los ritos funerarios  y los sepelios van adquiriendo el tono accidental y desarraigado que tiene la vida misma.

Cuando el último asistente ha abandonado la cámara, quedo solo contigo, busco una cierta intimidad, lo que quiera que signifique eso en esta circunstancia. Estamos a menos de un metro uno del otro y nos separa un abismo irreparable. El cristal entrambos parece hielo del Pleistoceno. Tu inmovilidad insoportable me hace ver movimientos de un dedo o de un párpado. Estos delirios de la percepción, mínimos y fugaces, son la última, débil protesta de la vida frente a la muerte, que hacen a esta aún más contundente, si cabe. Será la última imagen que guarde de ti y temo que eclipse otras compartidas de la infancia y la vejez, cuando fluyó entre nosotros el afecto fraterno, que no siempre fue manifiesto por mi parte. Debería pedirte perdón pero tu inmovilidad me disuade; la muerte convierte los sentimientos en una impostura. La tristeza es la única penitencia real que nos es permitida. Al término del velatorio, los empleados de la funeraria abren la puerta que te separa de nosotros por si queremos despedirnos de ti antes de cerrar el féretro. De nuevo, la teatralidad del ritual. Pero no quiero besarte y que me respondas con la frialdad del mármol.

La instalación del cementerio municipal donde se celebra el último ritual previo a la cremación es una especie de nave industrial destartalada y mal equipada con unos bancos corridos y un rudimentario equipo de megafonía para las oraciones, los panegíricos y los acompañamientos musicales en su caso. Alicia me pide que pronuncie unas palabras de despedida, que improviso y creo que hacen justicia a tu carácter:

Cada uno de nosotros tendrá un recuerdo de Carlos pero estoy seguro de que todos coincidimos en que era un hombre bueno. Para Alicia ha sido un buen compañero de vida y creo que para los demás fue también buen hermano, buen amigo y buen vecino. Afectuoso, leal y sin malicia, intentaba que las cosas se hicieran al modo que consideraba correcto pero aceptaba las decisiones de los otros, aunque no coincidieran con las suyas. Quería vivir en un mundo ordenado, apacible y decente y lo consiguió en gran medida, sin molestar a nadie.

Todas las muertes son prematuras pero la de Carlos lo ha sido aún más porque no parecía merecerla. Él mismo, en los últimos días, manifestaba su extrañeza porque la enfermedad no se detuviera y dejara de empujarle hacia el final. Como en otras ocasiones, no entendía la injusticia de que era objeto. Sufrió, y bastante, pero ocultó la gravedad a los que hablaban con él y estaba agradecido a quienes le atendían y cuidaban. Así era Carlos, que nos ha dejado. Gracias por el afecto que demostráis acompañándole en su viaje de retorno a la ceniza.

Terminado el discurso y unas breves notas musicales de rúbrica, el féretro es conducido mecánicamente al crematorio y un cortinón azul noche se extiende tras su paso y lo separa de la mirada de los vivos. Es un golpe de efecto de acreditada eficacia emocional. Fin de la comedia, cae el telón en un teatro en el que no hay bambalinas ni camerinos a los ir a felicitar al intérprete por tu actuación. Parece una tonta frase hecha pero, créeme, es desoladora. Adiós, Carlos, me despido de ti bajo el cielo limpio y soleado de esta mañana de otoño mientras aventamos tus cenizas en el alto donde también duerme el recuerdo de nuestros padres, en el paisaje de nuestra infancia compartida.