Dios aprieta pero no ahoga, que decían nuestras abuelas.  Hay partido, dicen nuestros nietos. Sea como sea, seguimos en liza y hay esperanza. Los progres, esa generación de ancianos con un pie fuera de la historia conocidos como boomers, los de la vida cañón, vivimos en un ay porque las pejigueras de la salud y las perplejidades que traen las tecnologías digitales se ven embarnecidas por el sentimiento de que no legaremos a nuestros nietos el mundo que quisimos para nosotros y creíamos haber construido. Trump es para el viejo que conoció la democracia lo que Godzilla para un superviviente de Hiroshima: el monstruo que reencarna la destrucción. Aquí, el desahucio de la  momia de Cuelgamuros ha significado una invasión de zombis que, si las urnas no lo remedian, nos gobernarán durante el próximo cuatrienio.

Ayer, los progres nos jugábamos dos apuestas que nos tuvieron todo el día conteniendo la respiración: la derrota de Trump en las elecciones legislativas de medio mandato y la dimisión del ministro Óscar Puente tras el accidente de Urda. Lo primero significaba golpear en la cabeza al movimiento reaccionario que crece en occidente; lo segundo, comprobar si la clase política del bipartidismo español seguía con sus viejos hábitos de sostenella y no enmendalla, que frustran a los ciudadanos y corrompen a la sociedad. Pues bien, los dos tests dieron positivo en esperanza.

Por fin, los votantes norteamericanos han percibido que tienen al frente a un peligroso imbécil. Un fantasmón codicioso, taimado, brutal y torpe, que ante la derrota ha embestido contra las suyos, sin advertir que ha sido justamente la lealtad al líder de un régimen insufrible lo que les ha llevado a la derrota. El de los candidatos de la oposición ha sido un triunfo genuino, como lo fue unas semanas antes el de Lula en Brasil, un mandato surgido del corazón de la sociedad porque la máquina reaccionaria permanece intocada, los algoritmos que predican a su favor operan a pleno rendimiento y el partido de la  oposición no está engrasado para el asalto final. Las elecciones han significado un tímido pero inequívoco giro hacia la decencia. No es un voto revolucionario sino simplemente un mensaje de que la democracia es incompatible con modos tiránicos de gobernanza. Ya veremos en qué medida este mensaje se solidifica en un programa de gobierno.

En el país de los celtíberos, la ineludible dimisión del ministro don Puente tampoco ha sido un parto fácil ni previsible. Al principio, él mismo negó que fuera a dimitir por diversas razones espurias: su propio carácter, la funcionalidad del gesto, el efecto en las víctimas de la tragedia y que el jefe del gobierno no se lo había pedido. Sin embargo, alguien en alguna parte debió detectar el malestar creado en la sociedad, singularmente en la izquierda, y el potencial efecto desmoralizador de su continuidad al frente de la cartera de transportes. El amigo Iaccoppus nos ilustró en el café de media mañana sobre lo que habría de hacer el ministro para conservar la honra y aliviar la ansiedad de los que ya tienen la papeleta electoral del pesoe en el bolsillo: el ministro debía dimitir después de explicar ante el congreso lo que sabía sobre el accidente, lo que él había hecho durante su mandato y la situación en que encontró su ministerio cuando tomó posesión, y así lo hizo don Puente, tal cual, incluso con su punto de dramatismo final.

Nunca sabremos qué efecto tendrá esta dimisión en las decisivas elecciones del 29N  como no sabemos si Trump repetirá en el cargo cuando le llegue la vez en dos años. Las ondulaciones políticas no se explican por anécdotas, aunque sean significativas, y menos en este tiempo de mutaciones vertiginosas. Lo viejo no muere pero lo nuevo ha dado vigorosas señales de vida. Como dice nuestra amiga Marga, ¡a veces ganan los indios!