Defiendo la identidad catalana, amenazada por el califato,ha afirmado gallardamente don Abascal en una entrevista al periódico catalán de referencia. Y lo dice un tipo cuya figura podría haber servido de modelo para el monumento a Almanzor en Calatañazor: cabeza contundente, gesto adusto, nariz aguileña, ojos oscuros y mirada iluminada, barbita recortada y puntiaguda. Si alguien en España tiene apostura semítica de califa de película –don Anguita nos perdone desde el cielo- es don Abascal.
El director del periódico donde se publica la entrevista advierte en su comentario editorial una cierta y bienvenida rebaja de la furia voxiana, que no hace tanto postulaba la aplicación del artículo 155 a Cataluña y la ilegalización de los partidos independentistas, y ahora se ciñe a querer defenderla del califato islámico. La hermenéutica ratonera de los discursos electorales nos dice que esta afirmación va dirigida a los seguidores y votantes de doña Orriols, la monja alférez del neofascismo catalanista, xenófoba de pro, cuyo estandarte no concurrirá a las elecciones del 29N para no enfangarse en un pleito entre españoles. Ahí hay una reserva de votos de extrema derecha que bien puede ser rescatada de la abstención a favor de vox con el señuelo del califato.
Si don Abascal ha desestimado la aplicación del artículo 155 como instrumento punitivo para los catalanes irredentos no es porque se haya ablandado o entrado en razón sino porque no confía ni en el dichoso artículo ni en la constitución que lo contiene. Ahí está don Puigdemont, vivito y coleando después de haberle pasado por el lomo la garlopa del famoso artículo constitucional. ¿Por qué recurrir a una triquiñuela jurídica de aplicación prolija y efectos dudosos si se puede pasar a cuchillo a los catalanes llegado el caso de que lo requiera la guerra contra el califato? En el califato no hay catalanes, ni vascos, ni rojos ni azules, todos son (somos) moros, menos don Abascal y los que diga don Abascal, que para eso se ha hecho con la patente de la prioridad nacional.
El califato es la denominación castiza de lo que se conoce como el gran reemplazo, una ocurrencia que cierto intelectual francés (perdón por el pleonasmo) de extrema derecha popularizó hace algo más de una década según la cual la población europea, de piel blanca y alma cristiana, era víctima de un plan orquestado para reemplazarla por contingentes de origen africano y religión islámica. Es una chifladura absoluta pero en política está contraindicado burlarse de las estupideces. Hay un precedente reciente en términos históricos en Los protocolos de los sabios de Sión, un bulo antijudío divulgado por la policía secreta zarista que operó en toda Europa como manual de instrucciones durante el siglo XX con los resultados sabidos. La historia funciona como el toreo de salón y ahora los sionistas no quieren apoderarse del mundo, como creyeron los ancestros políticos de don Abascal, sino solo de Gaza y Cisjordania, y esto no es un bulo.
La novedad de este momento histórico y de las convocatorias electorales vigentes en particular es que se celebran en un contexto de descrédito de las instituciones democráticas y envueltas en un vendaval de noticias falsas, doctrinas disparatadas, actitudes potencialmente criminales y tecnologías sociales nuevas e indómitas. En este paisaje planetario, don Abascal es una partícula procedente del casticismo hispánico, hecho de épica zarzuelera, ideas extravagantes, resentimiento autoritario y terratenientes a caballo con un pistolón al cinto. La mala noticia es que si se cumplen el pronóstico de las encuestas será nuestro vicepresidente del gobierno en unas semanas.