Mientras el escribidor estaba al pie de la cruz, como corresponde a estas fechas de primavera titubeante, la humanidad (de alguna manera hay que llamar al sujeto de la oración) reemprendió la conquista de la Luna, cincuenta y siete años después del primer intento, alcanzado con éxito. ¿Por qué esa pausa temporal tan dilatada? Quién sabe, los humanos no tenemos ningún control sobre la cronología. Hay una conjunción astral, nunca mejor dicho en este caso, y ¡zas! ocurre. Tampoco sabemos por qué lo hacemos, por más empeño que pongamos en la empresa. Just do it, como predicaba el otro.
El motivo perceptible en esta ocasión es el mismo que la primera vez: exhibir musculatura, como un culturista de concurso. Las diferencias son circunstanciales, aparte del inevitable avance tecnológico entre los dos momentos, que, por sí mismo, tampoco nos dice nada. Ha cambiado el competidor en la carrera espacial; entonces era Rusia y ahora es China. Pero no se trata de una competición de banderas nacionales, y mucho menos de visiones del mundo y de la historia que han de probar su eficacia, como lo fue entonces, sino de mercados y sus operadores: los tecnooligarcas proveen el material y definen el propósito, que ya no es la Luna sino Marte. Así que los navegantes no pisarán el pálido satélite que preside nuestros sueños sino que lo rodearán a través de su cara oscura para sumergirse en la infinitud del espacio sideral a la busca de un camino hacia el hipotético planeta rojo. Wiseman, Glover, Koch y Hansen son a Amstrong, Aldrin y Collins lo que Magallanes y Elcano fueron a Cristóbal Colón.
También ha mutado, y de qué forma, la percepción que de la aventura tenemos los sedentarios espectadores. Nadie dirá ahora aquello tan evocador de un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad, que le fue inspirado a Neil Amstrong, porque de inmediato sería enterrado en el ridículo por una catarata de memes emitidos por millones de jóvenes narcisos desocupados. Hoy, el interés de la aventura está en que no funcionaba la fontanería del váter de la cápsula y la avería ha sido reparada por la chica del grupo. La épica ha desaparecido del relato y el incidente es un tutorial de YouTube. El Apolo 11 fue una lanzadera hacia el futuro y el Artemis 2 es un componente más del espectáculo global, que debe competir en la atención de los usuarios con las divagaciones delirantes de míster Trump, el surtido de bombazos en Oriente Medio y Ucrania o las ocurrencias asilvestradas de don Miguel Tellado. Las exuberantes sonrisas triunfadoras de los astronautas del Artemis no quedarán en la memoria como ha quedado la trémula huella del pie de Amstrong en el frío polvo lunar.
El principio y el final de las aventuras humanas no están enlazados por una lógica lineal. El final guarda una incógnita y el principio está tocado por un puntazo de melancolía. ¿En qué momento se jodió el Perú? ¿Qué ha ocurrido para que los exploradores del futuro se hayan convertido en zapadores que excavan una vía por la que algunos puedan huir de la ratonera en que se ha convertido la casa común? El tiempo siempre pasa para mal, piensa el viejo.