Fábrica de sueños es un libro de mordaces crónicas, mezcla de admiración e ira, sobre el cine y la industria de Hollywood debido al gran periodista soviético Ilya Ehrenburg, un estalinista que pasó su vida eludiendo la guillotina de su amado líder. Escrito a principios de los años treinta, Fábrica de sueños aún puede leerse con interés pero Ehrenburg se equivocaba en el fondo. Hollywood es lo mejor, quizá lo único verdaderamente bueno que debemos al imperio americano. Este año, la industria de Hollywood ha otorgado el óscar al mejor documental a Vladimir Vladimirovich Putin o, dicho más propiamente, a su némesis.

Mr. Nobody contra Putin es un documento estremecedor sobre la infección del nacionalismo belicista en una escuela de educación primaria. No es un tema inédito en el cine pero sí excepcional en la forma porque en este caso el relato se basa en material primario grabado por un profesor de la escuela, Pavel Talankin, que es también el codirector del premiado documental. Una de las funciones de Talankin era la grabación de las actividades y eventos escolares, lo que le autorizaba a pasearse por aulas, pasillos y patios con una cámara sin que su actividad despertara suspicacias y le permitía captar no solo los actos formales sino conversaciones, opiniones y encuentros de la comunidad escolar, mientras esta era invadida a través de instrucciones y consignas de las autoridades por un ominoso clima de patriotería que acompañaba a la recluta militar de jóvenes, alguno de los cuales muere en el frente.

Karabash es una pequeña ciudad industrial  en decadencia de la que se dice en el documental, y se corrobora en internet, que es la más contaminada de Rusia. La clase de población en medio de ninguna parte donde el visitante asiste a un paisaje de chimeneas fabriles e instalaciones en desuso y donde parece que se hubiera ausentado la esperanza. No es un escenario desconocido y al espectador le vinieron a mientes algunos títulos del cine de Hollywood: Last Picture Show o Nebraska, digamos. Pero aquí hay un inequívoco toque ruso, que se manifiesta en dos rasgos: el carácter coral de la historia y la presencia envolvente de esa abstracción llamada patria. La diferencia respecto al cine clásico soviético es la perspectiva del autor: la patria, aquí, es el enemigo de una vida digna y esperanzadora.

El documental se desarrolla al paso de la transformación de la conciencia del autor. El cine que él mismo hace cambia no solo su percepción de la realidad -que recuerda otro precedente ruso: el objetivismo de El hombre de la cámara, de Dziga Vértov- sino su posición en la sociedad. La propia actividad, cámara en mano, transforma al bondadoso profesor Pasha Talankin en un disidente, que finalmente abandonará su país con el material filmado para darle sentido en el relato que se ofrece en la pantalla. En este proceso, los profes de la escuela han sido obligados a cambiar sus programas lectivos para introducir propaganda patriótica en las lecciones, los alumnos son adiestrados para desfilar militarmente y el profe más adicto, que considera a Lavrenti Beria, el jefe de la policía política de Stalin, como su héroe histórico, es recompensado con la propiedad de un piso nuevo que la cámara nos muestra en detalle junto a las emocionadas palabras de agradecimiento del galardonado.

Este clima moral crecientemente tóxico corrompe el tejido social. Los colegas del profesor Talankin se vuelven desconfiados; su propia madre, bibliotecaria municipal, le ignora, y la llegada del primer féretro del frente extiende una dolorida mirada de resentimiento en sus alumnas y familiares del joven caído. En estas pinceladas hay también otro rasgo diferencial diríase que típicamente ruso: la mirada compasiva hacia los personajes, que también inspira, por ejemplo, la literatura de Svetlana Alexiévich. Esta suerte de empatía creada en el lector o el espectador es muy rara en la literatura y el cine occidentales. En fin, quién sabe si estas hilachas de reconocimiento mutuo nos librarán del gran desastre que parece planear sobre nuestras cabezas.