El alambicado término izquierda de la izquierda ya alude a un espacio remoto y difuso, como esas lejanas zonas del cosmos en las que los telescopios solo detectan unos destellos y vastas zonas de sombra que, por decir algo, llamamos sin afán peyorativo agujeros negros de los que solo se sabe que ejercen una irresistible fuerza gravitatoria alrededor de la cual parecen orbitar algunas estrellas inconexas, que llaman la atención de los observadores. La energía lumínica que proyectan estos cuerpos siderales varía sin que se pueda saber qué patrón siguen estas variaciones. Sin duda, tienen que ver con la actividad interna del agujero negro, pero no hay manera de descifrarlo con los recursos intelectivos disponibles.  Los observadores se limitan a poner nombre a estas luminarias, como los meteorólogos los ponen a las borrascas, a fin de seguir sus órbitas y trayectorias en la esperanza de obtener un conocimiento preciso del mecanismo que las mueve.

Ahora mismo ha aparecido Rufián, cuya luz ha inundado el espacio, acompañado de otro astro más pequeño, no sabemos si un satélite, llamado Delgado. La energía de ambos no ha conseguido opacar a otros astros de este espacio –Belarra, Díaz, Junqueras, entre otros- que no pueden considerarse estrellas nuevas porque aparecen desde tiempo atrás en el mapa galáctico, si bien no puede decirse que no estén derivando a la categoría de enanas marrones. El tiempo lo dirá. La izquierda de la izquierda es, como todo lo que conforma la realidad, ondas en el espacio-tiempo, y se expande y se contrae, y cuando se expande se dispersa y se diluye, y cuando se contrae se adensa y apelmaza.

Este movimiento de diástole y sístole está ilustrado en la misma prédica de Rufián. Él es independentista y aspira a la separación de Cataluña pero al mismo tiempo propone una doctrina común de tres o cuatro puntos, sin especificar, que sea uniformemente aceptada en toda España, provincia a provincia, para que el nutriente de los votos no se escurra por los intersticios de la ley D’Hondt. La izquierda plural quiere ser singular; volver al Big Bang  podemita de la década pasada, cuando las confluencias debían desembocar en una sola corriente y las mareas fundirse con las rocas, como si los líquidos pudieran ser sólidos a temperatura ambiente y sin más gasto de energía que la formulación del deseo.

Gabriel Rufián es un político tuiter, no el único en activo pero sí tal vez el más notorio y eficiente en lo suyo: desenfadado y seguro en el foro, oportuno y certero en el zasca y dotado de sentido de lo dramático, lo que no quiere decir que no sea sincero en su propósito pero sí que no tiene ni idea de cómo llevarlo a cabo. Aquellos que podrían hacerlo, sus colegas en tareas políticas, pertenecientes a una generación que ha cambiado la escena pública del país, algunos de los cuales han sido y son ministros del gobierno, parecen abrumados por la mezcla de sorpresa y resentimiento ante las circunstancias que han llevado a la vigente sensación de fracaso. Una nueva oleada de malestar social podría arrasar lo conquistado y, en el actual contexto internacional, cambiar el rumbo de la Historia. Rufián, en su papel de Gabriel el mensajero, lo ha anunciado. Ya veremos qué caso le hace la feligresía.