El galápago (Quelonoidis nigra) es una tortuga de gran tamaño y extraordinaria longevidad que habita en las islas del mismo nombre en el Pacífico, donde Charles Darwin hizo las observaciones que le sirvieron para formular su Teoría de la Evolución. Don Ramón Tamames ha tomado como ejemplo a este gran quelónido para explicar su propia evolución ideológica y existencial que le ha llevado desde la militancia comunista a defender las tesis de la extrema derecha.

Los viejos advierten su ingreso en la edad tardía por dos síntomas inequívocos: el crujido de las rodillas ante cualquier esfuerzo extraordinario por leve que sea y el olvido de los nombres de las personas y lugares, por cercanos que hayan sido en su biografía, y, si bien el remedio a la primera avería puede estar en manos de un buen traumatólogo que disuadirá al viejo de seguir intentado trepar a los árboles, la inesperada desaparición de los nombres propios de su lugar en la memoria es una debilidad torturante e inconfesable.

Encuentras en la calle a un antiguo conocido, te alegra que esté vivo, le saludas efusivamente y charláis durante largos minutos sin que tú puedas recordar su nombre y quizá él tampoco el tuyo. Dos fantasmas de palique deseando apartarse uno del otro porque esta compañía sobrevenida y anónima resulta insoportable. ¿Por qué los nombres se olvidan mucho antes de que desaparezcan los sujetos a los que identifican? El pasado del viejo se convierte en un almacén de figuras a las que han robado las etiquetas que las identificaban. Es la derogación del poder que Yahvé otorgó a Adán en el origen del conocimiento para dominar la realidad poniendo nombre a los seres vivos que la constituyen (Génesis 2.20).

Pero la naturaleza ofrece un paliativo a esta tortura senil. Por alguna razón, las personas y circunstancias que vistieron la infancia y juventud del desmemoriado permanecen inmunes y vivaces en su cabeza. El viejo puede recordar con asombrosa precisión los personajes, y sus nombres y apellidos y circunstancias, que impactaron en su conciencia temprana hace cuarenta, cincuenta o sesenta años mientras olvida el nombre de su nieta. Diríase que el tiempo en que la vida te es ofrecida en todo su esplendor y tienes fuerza y ganas para hacerla tuya y ponerla al servicio de tus anhelos y apetitos queda indeleble en tu memoria, te constituye como individuo y sin duda de esta aurora remota de tu biografía emergerá el último recuerdo, la última llama antes de que otro te cierre los párpados.

Don Ramón Tamames, el mascarón con que los voxianos se proponen asaltar el poder, es un viejo y las innumerables entrevistas que ha concedido con tan fausto motivo han desvelado sus inevitables flaquezas. Olvida los nombres que son pertinentes a sus discursos y opiniones y su universo intelectivo está anclado en el momento en que apareció ante la opinión pública como una de las jóvenes promesas de la transición democrática, medio siglo atrás. Los fragmentos de vídeo que cuelgan en youtube, de unos pocos minutos de duración, atestiguan sin posibilidad de equívoco esta realidad penosa, así que podemos imaginar el purgatorio que le espera cuando esté obligado durante horas a hilvanar discursos coherentes y réplicas repentizadas, lógicas y brillantes si quiere salir del trance con la reputación no demasiado astillada.

La moción de censura va a ser una charlotada, término taurino que los impulsores voxianos del espectáculo apreciarán en lo que vale y que define una corrida desastrosa con ganado flojo y toreros elusivos y burlones. Nada de lo que ocurra, sin embargo, exime al protagonista de su responsabilidad por un acto libremente ejecutado. Don Tamames representa a una clase media y a un tipo intelectual –los savateres, boadellas, leguinas, juaristis, etcétera– que en su juventud fungieron de izquierdistas porque la dictadura no les dejaba otra opción y a la que el llamado régimen del 78 proporcionó un podio a sus ambiciones profesionales y civiles. En el empeño ganaron cátedras, tribunas de opinión, premios literarios y reconocimientos institucionales, bufetes jurídicos, oficinas de asesoramiento e instituciones culturales para componer entre todos el retrato de una época ya ida. Ahora están enfurruñados porque son viejos y con típico egotismo senil quieren reprochar al país que no sea el de su juventud. A este propósito, nada mejor que salir a la luz de los focos de la mano de los nostálgicos de la dictadura para imprecar a la chavalería que okupa el gobierno, os vais a enterar de lo que fue aquello y lo que yo hice por vosotros y por el país. Una mascarada como las que los voxianos montan en su iberosfera particular con figurantes disfrazados de isabel la católica,don pelayo o cristóbal colón.

En cuanto al crujido de las articulaciones óseas, es de esperar que los servicios del congreso dispongan alguna forma de evitar que el candidato tenga que recorrer arriba y abajo los escalones que dirigen a la tribuna en cada uno de los múltiples turnos de intervención que le corresponden.