El partido de Trump quiere restringir el derecho al voto de los estadounidenses. La democracia y el capitalismo son incompatibles. La razón es simple: la democracia necesita del civismo; el capitalismo se rige por la codicia. La convivencia de estos términos antagónicos se guía por los ciclos económicos. La función de la democracia consiste en la elección de las élites gobernantes y es más armónica si la riqueza está repartida de acuerdo con las expectativas del común. El barómetro de la eficiencia social del capitalismo es un cacharro conocido como la curva de Laffer -la fórmula matemática del banquete de Epulón-, que intenta probar que la riqueza acumulada en unas pocas manos es benéfica para todos porque aumenta las migajas que caen de la mesa del banquete y que pueden comer los que no están invitados. Este artilugio de prestidigitador no siempre funciona; ahora mismo, no funciona en absoluto y, llegados a este punto, los conflictos desbordan en las calles.

En la fase depresiva del ciclo económico, el capitalismo segrega una barrera de autodefensa, hecha de furia nihilista, que incendia el mobiliario urbano -la arquitectura del civismo, digamos-  y,  si cuaja, se convierte en fascismo operativo. No siempre es fácil interpretar estas algaradas repentinas. Don Echenique, por ejemplo, cree o creyó que están protagonizadas por antifascistas que defienden la libertad de expresión (probablemente, el más burgués de los derechos: nació en los clubes liberales de la City londinense y en los salones ilustrados franceses) y a los indepes catalanes, que aspiran a formar gobierno, el festival ígneo de la Diagonal barcelonesa les ha llevado a romper peras con su propia policía. Y mientras en el gobierno de izquierda se tensan los cabos de la coalición y el bloque que le apoyó en los presupuestos exhibe toda clase de divergencias, vox, el partido trumpista, instalado en la periferia del guirigay, gana en votos y en respetabilidad (¡vaya patinazo, Sánchez!).

Pero volvamos a Trump y sus andanzas porque es la hoja de ruta que tenemos a mano para ilustrar lo que nos puede suceder. Mientras estuvo al mando se dedicó a engañar a sus seguidores mediante el procedimiento de halagarlos, inventando enemigos, rompiendo los consensos sociales, buscando culpables a su propia inoperancia y haciendo aspavientos en tuiter. Cuando fue despedido por las urnas, insistió en deslegitimar las elecciones mediante sucesivas denuncias de fraude electoral en los tribunales. Agotada esta vía, alentó un asalto a la sede del parlamento. Ahora, pretende restringir el derecho al voto. En la jerga política de nuestra generación, podríamos decir que, inhabilitada la ruptura, emprende la reforma.

La tentación de restringir el derecho al voto encuentra justificaciones históricas y de actualidad. La democracia representativa nació en países esclavistas y cuando la mayoría de la humanidad -mujeres, pueblos colonizados, comunidades indígenas- no estaba siquiera en el foco de la política. Ahora, sería cuestión de reformular la restricción para aplicarla a colectivos de inmigrantes o residentes, a ciertos niveles de renta (voto censitario) y suprimir procedimientos de votación implementados por exigencias de la pandemia, que han servido para aumentar el número de votantes, sin contar con la ilegalización de los partidos que no gustan, como ha sugerido ese demócrata de medio pelo que es don Casado.