Probablemente, no hay género periodístico más desagradecido que el editorial. La pretensión de convertir la anécdota noticiosa del día en categoría del saber constituye un esfuerzo ímprobo, si el editorialista se toma su trabajo en serio. El editorial, dice el tópico, fija la posición y el rumbo del medio de comunicación y de su carga informativa, y el carácter destacado en la página y el anonimato de la autoría otorgan a la pieza un carácter de oráculo. Pero, como ocurre con todos los mensajes que vienen investidos de alguna pretendida autoridad, nadie les hace caso desde que Moisés hubo de subir dos veces a la cumbre del Sinaí en busca del editorial que habría de ahormar la conducta del pueblo al que conducía a la tierra prometida. Moisés se tomó muy a mal la obcecada indiferencia de los israelíes por el mensaje que traía bajo el brazo. Los editorialistas de la sociedad de masas han aprendido la lección y, por la cuenta que les trae, se someten a una cura de la vanidad apenas salen de la redacción y van a su casa o se juntan con los amigos de la peña para comprobar que ninguno de ellos lee nunca el editorial que ha escrito.
El lector tiene ante los ojos el volumen de los editoriales de Albert Camus en el diario Combat, entre marzo de 1944 y junio de 1947, y encuentra ilustrativo cotejar la distancia que media entre las proposiciones contenidas en estas piezas literarias y la realidad política de Francia y de Europa en la época. Hay algo de heroico y pretencioso en este intento, siempre fallido, de domeñar la realidad con la fuerza de la palabra. Pero, liberados de la contingencia de los hechos, son textos magníficos, magnéticos. Combat fue un periódico nacido en la clandestinidad durante la ocupación alemana y el equipo fundador del que era parte destacada Camus se propuso convertir la cabecera en el portavoz de una nueva Francia reconstruida en el espíritu de la Resistencia, una aleación de libertad y justicia, entereza moral, honradez política, sentido nacional, y, sobre todo, defensa de la verdad después de la claudicación y la doblez dominante en el periodo de Vichy. Si se puede resumir el ideario del periódico, tal como lo formula Camus, diríamos que aspiraba a un socialismo liberal y un internacionalismo pacifista.
El arco temporal de estos textos va desde la liberación de París al momento en que el periódico cambia de titularidad agobiado por los problemas económicos, ya bien entrada la postguerra y cuando los ideales de la Resistencia, tal como los formulaba Combat, habían sido sobrepasados por los hechos. Los temas versan sobre las consecuencias de la guerra y la reconstrucción de Francia con el correspondiente rosario de nuevos problemas: la depuración de los colaboracionistas y la repatriación de los deportados, el reconocimiento de De Gaulle por los aliados, el futuro de la Alemania ocupada, el nuevo orden económico y el abastecimiento de la población, la relación con la URSS, la bomba atómica, y la inminente descolonización de Argelia e Indochina. Otros dos temas aparecen también en la órbita de las preocupaciones del editorialista y llaman la atención del lector: la función de la prensa en una sociedad democrática y la situación de la España franquista, a la que dedica no menos de una decena de textos. Ningún otro autor europeo ha mostrado con tanta convicción y tenacidad su empatía con la república española y la suerte de los republicanos. Camus demuestra en estos textos una idea clara de lo que es y debería ser la política, pero no desciende jamás a la contingencia, lo que hoy llamaríamos politiquería. El polemista elegante, el racionalista valeroso, el moralista intransigente, Albert Camus es un escritor tocado por el don de la eterna juventud y leerlo es un bálsamo, incluso en la edad tardía.