Días atrás, el autor de esta bitácora publicó una desganada defensa del derecho del rapero Pablo Hasel a no ser encarcelado por las letras de sus canciones. La desgana vino de un estado de conciencia en el que la apología de la libertad de expresión debe convivir con la repugnancia que produce el uso que de ese derecho hace su titular. La famosa frase atribuida a Voltaire en su defensa de Helvetius, no estoy de acuerdo con lo que dice, pero defenderé con mi vida su derecho a decirlo, es una exageración pero ni en su grado más leve puede pronunciarse sin que se te revuelvan las tripas. El tal Hasel y su compinche Valtonik son un par de sociópatas, que, en efecto, están convencidos de la necesidad del terrorismo, del que invocan precedentes y apuntan justificaciones teóricas, no solo en sus canciones sino en sus declaraciones públicas. No se trata, pues, de lírica, como se ironizaba tontamente en la mencionada entrada de esta bitácora.
La defensa de la libre opinión es irrefutable mientras se mantenga en el terreno propio de la opinión, pero ¿qué ocurre cuando esta es interpretada como una consigna movilizadora y cuando el bardo se convierte en líder de una revuelta? Mein Kampf y Los protocolos de los sabios de Sión son también opiniones que han estado mucho tiempo vetadas a la lectura en sociedades democráticas, sin que esa censura haya escandalizado a nadie decente. Vivimos un tiempo de cambio y confusión en el que se han diluido las reglas del juego y el perímetro de la cancha. En estas circunstancias, casi cualquier mínimo acontecimiento puede tener consecuencias imprevisibles y, como se ha visto, efectos políticos. Escribo estas líneas conmocionado por los enfrentamientos a que ha dado lugar el encarcelamiento del rapero.
Podemos debatir si los manifestantes pacíficos fueron saboteados por un puñado de violentos o sobre el grado de dureza de la acción policial; todos estos factores forman parte de una situación como la vivida en Madrid y Barcelona. Pero de lo que no hay duda es que el resultado final ha sido consecuencia de la sostenida llamada a la movilización hecha por el tal Hasel, que, por mor de la libertad de expresión, gozó de publicidad en los medios y del apoyo de muchos voluntarios despistados, como quien esto escribe. Una pregunta: si Trump ha estado al borde de ser procesado por el asalto al Capitolio llevado a cabo por sus partidarios, ¿por qué Hasel no habría de recibir un trato análogo?
En las viejas categorías conceptuales de la izquierda estos tipos eran considerados provocadores. Ya sea por buenismo, como dice la derecha, o por la necesidad de acumular fuerzas en sectores que tienen razones para el descontento, la izquierda, o una parte de ella, los ha incorporado a su campo y, por decirlo así, los ha apadrinado, con los resultados vistos. Hay en esto un equívoco. La gente que está verdaderamente machacada, en quienes debe posar su interés la izquierda, no hace rap ni tampoco música de cámara.
El rapero es un descerebrado. ¿Pero dos años de cárcel por ser descerebrado? Y sienmpre está el agravio comparativo. ¿Por qué no se condena a Jiménez Losantos que echaba en falta una metralleta para liquidarse a las hueste de Podemos? Comparar a Trump con el mentecato de Hasel es una desmesura.
Hola, gracias por tu comentario. Reconozco que la tranquilidad no fue el estado de ánimo dominante cuando escribí esta entrada. Lo hice de urgencia y con la convicción de que el primer perjudicado en este asunto es el gobierno y la izquierda a la que voto, como se está viendo. Un gobierno que no solo ha incumplido la reforma del código penal para delitos de opinión sino que está ostentosamente dividido por este tema, y otros. Que eso se ponga en evidencia por la despreciable actitud de un tipo como ese Hasel no ayuda a mostrarse ecuánime, y lo siento. La alusión a Trump fue una adición del último instante, inspirada por un hecho que me parece de extraordinaria importancia: los contenidos y las formas de la nueva comunicación tienen un efecto real en las movilizaciones sociales a la vez que favorecen la impunidad de sus emisores. La comparación de Trump y Hásel es desmesurada, como dices, pero la relación de cada uno de ellos con su público potencial es muy parecida, si no idéntica.