No me pregunten cómo ni por qué pero la visita de Filomena, la de la nívea cabellera, me ha encontrado en mi celda enfrascado en la lectura de Memorias de ultratumba del vizconde de Chateaubriand. El volumen es una selección de la obra original hecha por Arturo Ramoneda para la colección de bolsillo de Alianza, y esperaba en un anaquel a ser leído desde hace cinco o seis años, así que la lectura se debe a un puro azar. El escritor romántico hizo un viaje a América del Norte con una carta de presentación para George Washington, al que comparará con Napoleón, desfavorablemente para este último, y en el que recorrió diversos territorios de frontera de un país aún naciente.

Una de estas excursiones le llevó a Pittsburg y, a la orilla del río Kentucky, informa al lector que significa río de sangre, llamado así por su gran belleza, donde durante más de dos siglos las naciones del partido de los cherokees y las del partido de las naciones iroquesas estuvieron disputándose la caza. Pittsburg, la antes poderosa y ahora decadente ciudad del acero, es la capital del condado de Allegheny, uno de los innumerables lugares donde ha habido el consabido rifirrafe entre cherokees e iroqueses disputándose la caza en el recuento de los votos de las elecciones presidenciales.

A renglón seguido, el escritor echa a volar sus pensamientos en el lugar donde confluyen los ríos Kentucky y Ohio: ¿Las generaciones europeas serán en estas orillas más virtuosas y libres que lo fueron las generaciones nativas exterminadas? ¿Los esclavos no labran la tierra, amenazados por el látigo de sus amos, en estos lugares de la primitiva independencia del hombre? ¿No reemplazarán las cárceles y horcas a la cabaña abierta y al alto tulipero en donde el pájaro hace su nido? ¿Dejará el Kentucky de ser tierra de sangre? ¿Embellecerán mejor las orillas del Ohio los monumentos de las artes que los monumentos de la naturaleza? El párrafo trae a mientes al mamarracho disfrazado de chamán, como salido de una escombrera, que ha ganado fama planetaria en el asalto al Capitolio y el lector cree ver un arco histórico desde las interrogativas intuiciones de Chateaubriand en los albores de la sociedad democrática hasta la vertiginosa decadencia de la que somos testigos hoy, como si asistiéramos a un ciclo ya periclitado en el que el falso chamán indígena, una caricatura delirante del pensamiento mágico, okupa y suplanta las sofisticadas instituciones de la racionalidad ilustrada.

Chateaubriand, sin saberlo, estaba en vena profética y unas páginas más adelante escribe: ¿Conservará América su forma de gobierno? ¿No se dividirán los estados? ¿No ha sostenido ya un diputado de Virginia la tesis de la antigua libertad con esclavos, contra un diputado de Massachusetts, que defiende la libertad moderna sin ellos, como la que ha formado el cristianismo? Estas palabras fueron escritas en septiembre de 1822, cuarenta años antes del inicio de la guerra de secesión y dos siglos antes de que un analista español se preguntara, hace dos días: ¿Hacia una guerra civil en Estados Unidos?

Exaltado por la exuberancia del bosque que le rodea, el romántico reúne las pruebas que le permitan averiguar el destino del país que visita, y anota: El espíritu mercantil comienza a enseñorearse de los ánimos; el interés viene a ser entre ellos el vicio nacional. El juego de los bancos entorpece la economía y amenaza con una bancarrota a la fortuna común. Mientras la libertad produce oro, una república industrial hace prodigios; pero cuando el oro se ha acumulado o agotado pierde su amor a la independencia y ya no se funda en un sentimiento moral sino en la sed de la ganancia. Parece imposible sugerir con menos palabras los efectos perversos de la acumulación de capital sobre la democracia y el progreso. En esas estamos pero Chateaubriand lo vio primero.