Un ciudadano va a ser juzgado por pertenencia a una organización criminal que ya no existe, y que él mismo ayudó a liquidar, y por un delito por el que ya fue juzgado y condenado, y cumplió condena. Como en las películas de gran éxito, el juicio contra don Arnaldo Otegi, líder de bildu, va a tener secuela. Los guionistas se enfrentan a tres finales posibles: la repetición de la pena, quizá agravada; la absolución del acusado,  o, quién sabe, la invalidación del nuevo juicio por alguna pejiguera inesperada, lo que daría lugar a otra secuela o, mejor, a una serie televisiva, y por ahí seguido hasta que nuestra derecha considere que el acusado constante ha dejado de ser útil como pretexto contra el gobierno social-comunista que padecemos. El anuncio del nuevo juicio ha debido provocar más malestar en el propio gobierno que en el interesado que, a estas alturas, debe conocer el sistema judicial y carcelario mejor que sus juzgadores.  

Don Otegi no goza de muchas simpatías –desde luego, con la mía que no cuente- pero su caso provoca, como poco, asombro, cuando no irritación por la arrogancia de la justicia, porque la causa de la repetición del juicio es la parcialidad de quienes le juzgaron en primera instancia y sobre la que hicieron la vista gorda en las sucesivas instancias superiores de la judicatura española, hasta que la ha reconocido el tribunal europeo de derechos humanos, que, por lo demás, no cuestiona ni el juicio en sí ni la sentencia resultante. De modo que van a juzgarle por segunda vez porque no fueron imparciales en la primera vuelta. Pero ¿van a serlo ahora? La repetición misma indica que no porque es metafísicamente imposible. Un célebre cuentecillo de Borges narra que un literato de segunda fila llamado Pierre Menard se propone escribir El Quijote sin cambiar ni una coma del original; el cuento no explica el por qué de este empeño duplicatorio pero, por lo que vamos aprendiendo de la judicatura española, bien podría ser que el tal Menard advirtiera que Cervantes no había sido imparcial hacia sus personajes.

Así que el nuevo juicio de don Otegi va a ser como El Quijote de Pierre Menard. Mismas acusaciones, mismas pruebas, mismos argumentos y misma sentencia, todo procesado, visto y resuelto, eso sí, con exquisita e inobjetable imparcialidad. Para que se enteren en esos tribunales europeos de los cojones que aquí también sabemos juzgar como dios manda. Y entretanto, don Otegi sigue en el banquillo, que es donde debe estar y no dando su voto favorable a la ley de presupuestos del gobierno ilegítimo de don Sánchez. Quién sabe, somos una sociedad providencialista y quizá ahora, en medio de tanta confusión, toca una era de gobierno de los jueces, como cuenta la Biblia.