Los viejos, ¿legamos nuestros sueños de juventud a los jóvenes? Una suerte de eterno retorno rige a las generaciones. No hay peor pesadilla para un viejo que obligarle a volver al tiempo de su juventud. Los felices ochenta. Años confusos, tramposos, horrendos en algún caso, en cuyas aguas braceamos para alcanzar la orilla, cualquier orilla con tal de que fuera tierra firme, y de los que no queda más nostalgia que el recuerdo de las primeras pelis de Almodóvar. Y sin embargo, todo parece indicar que la caprichosa historia nos lleva a, digamos, otra transición. Otra más.

La experiencia, que de algo ha de servir, nos dice que quienes más disfrutan en estas movidas son los troskos, apócope de trotskistas, un afluente menor de la gran corriente revolucionaria del siglo XX que preconiza la revolución permanente, sinónimo de la inmovilidad perenne. Lo que distingue a los troskos de otras facciones conexas es que para ellos las condiciones objetivas para el cambio siempre están a mano y si no se aprovechan es porque el movimiento está plagado de oportunistas y traidores. La penúltima troska con la que he topado, ayer mismo en el cine, es Vanessa Redgrave, que interpretaba, magníficamente, a una opulenta anciana en un empalagoso dramón decimonónico. En los albores de aquella remota transición, la actriz viajó a España para recriminar a Santiago Carrillo el papel del pecé en apoyo de la república durante los sucesos de Barcelona de 1937, un asunto prioritario para los españoles de finales de los setenta, como puede comprenderse. Y hoy el trosko del día es don Miguel Urbán, líder de un partido que lleva el modesto título de anticapitalistas, del que se publica una extensa y obsequiosa entrevista sobre su visión del futuro.

El plan de don Urbán incluye partirle el espinazo al pesoe y demoler unidaspodemos, tarea esta última en la que ya han avanzado bastante, y para argumentarlo ofrece un batido de noticias del telediario y ensoñaciones adolescentes en el que se advierte la sima que media entre los hechos probados y los deseos formulados. La pervivencia de esta especie política se basa en conservar en compartimentos estancos la realidad y el deseo sin que su manifiesta incompatibilidad cambie la visión del mundo. Si el lector bucea un poco en la pieza periodística protagonizada por don Urbán verá que está acompañado en su empeño por personalidades como don Jaime Pastor o nuestro paisano don Sabino Cuadra, vejetes incombustibles y leales a sí mismos como los militares golpistas que saltaron a la fama hace unos días, aunque menos peligrosos, claro está.

Algo hemos aprendido durante nuestra estancia en esta parte del planeta Tierra: la sociedad propende a la estabilidad y a la razón, y es más materialista que algunos de sus desenfocados líderes. Una prueba empírica es la aprobación de los presupuestos generales del estado después de dos o tres años de mareante incertidumbre. Lo demás es magia. ¿Llegará Leonor a ser reina de España?, es la última pregunta a don Urbán. Vamos a trabajar para que no, responde el interpelado. Me apuesto la mitad del bigote a que con las herramientas que se proponen en la entrevista, no solo Leonor sino hasta su nieta ocupará el trono.