Cuarenta y pico años atrás, la España atemorizada de la transición inventó y propagó un término para designar aquello que la tenía acojonada. El término era ruido de sables. La democracia española se construyó con el miedo en el cuerpo. Fue menos una conquista popular que la respuesta de las élites a una circunstancia histórica para la que no había otra alternativa, y, para hacerla efectiva, unos olvidaron con gusto lo que habían hecho sus padres cuarenta años atrás y los otros prefirieron no recordar lo que les habían hecho a los suyos, y a este silencio compartido y literalmente sepulcral se le llamó consenso, una palabra que adquirió una resonancia mítica, aunque hoy no seamos capaces de entender a qué se refería.

Fuera de este beatífico estado de consenso se oía el ruido de sables, que marcaba los límites de la democracia como la ley de la gravedad limita los movimientos de los cuerpos en la atmósfera terrestre. Desde aquel entonces han pasado muchas hojas del calendario que trajeron, entre otras efemérides para lo que nos interesa, un fallido golpe de estado militar que sirvió como dosis homeopática para curarnos del golpismo crónico del ejército español, aunque tal vez no de la sintomatología, la abolición del servicio militar obligatorio y la práctica desaparición de uniformados en la vida civil. Así que hoy un paisano de menos de cincuenta años no sabe lo que es un sable, a menos que sea coleccionista de soldaditos de plomo, ni ha oído el acerado silbido que produce cuando se extrae de la vaina en una ceremonia guerrera.

Esta semana hemos vuelto a oír ruido de sables, bien que a la manera post moderna en la que hay más ruido que sables y los héroes han devenido influencers en las redes sociales. Ya tardaban. El país ha despertado de su sueño de prosperidad por una crisis inabarcable; los catalanes han intentado otra vez la independencia; el viejo rey ha demostrado que es un borbón de pura cepa y nos ha dejado solos con el marrón; la derecha está dirigida por ese botarate de don Casado que se parece al inútil de Calvo Sotelo o de Gil Robles, el frente popular ha llegado al gobierno por vías ilegítimas y su presidente Sánchez o Negrín o como se llame, pacta los presupuestos con separatistas vascos y catalanes, y tenemos a los jonsistas de don Abascal dispuestos a recibir la orden de asalto. A ver, qué pieza falta en el puzle. ¿En qué pieza creen ustedes que van a pensar un puñado de miles gloriosus que se reúnen en el club de jubilados, lectores de Pío Moa y oyentes de Jiménez Losantos?

Es posible que el viejo y desacreditado Marx tenga al fin razón cuando escribe en el 18 Brumario que la historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa pero no consuela ante la evidencia de que nuestra generación saldrá del escenario con el puto ruido de sables grabado a fuego en el cerebro.