En tiempos de comunicación proliferante parece natural que sus operadores -los periodistas profesionales- entren en el reino de la leyenda y sus quehaceres se conviertan en material de ficción. Hay un buen puñado de pelis sobre periodistas heroicos y últimamente también sobre algunos malevos, como la serie televisiva dedicada a Roger Ailes, presidente y director ejecutivo de la cadena Fox News, de la que fue despedido por su hábito de acosar sexualmente a sus empleadas. La información es poder, dice el tópico, y quien la posee y la administra es por definición poderoso, y las leyendas desde Homero hablan de los poderosos. En la lógica narrativa de estas historias del periodismo, el héroe es el reportero idealista y arriscado en busca de la verdad y los malos se encarnan en alguna forma de poder, político o económico. Hay que ser un cínico de campeonato, como Billy Wilder, para presentar a un periodista como cómplice y agente activo del espectáculo que es la industria de la información, como hizo el cineasta en El gran carnaval.
El director, de David Jiménez, es un relato memorialístico y un ajuste de cuentas en el que el autor narra una frustración personal. Le fue ofrecida la dirección del diario El Mundo y cuando tomó posesión del cargo se encontró con toda clase de obstáculos, maniobras y zancadillas que le impidieron poner en marcha su proyecto y por último le empujaron a la calle. De inmediato, escribió el libro en el que entre el fárrago de los acontecimientos se pinta a sí mismo luchando contra toda suerte de endriagos. Jiménez era corresponsal de guerra, lo que quiere decir que pertenecía a ese segmento del oficio, heroico por definición, que ejerce su tarea en tierras ignotas y hostiles, en condiciones de aislamiento de la empresa para la que se trabaja y donde se padece una variante del mal de altura que llamaremos ensimismamiento. En estas circunstancias, llegan a Nueva York, donde está el reportero, unos ejecutivos de su empresa para ofrecerle la dirección del periódico, y, claro está, la oferta se presenta adobada de toda clase de promesas y concesiones que se desavanecerán al contacto con la realidad.
Leí El director llevado por una cierta curiosidad gremial e interesado por la peripecia personal del autor y el trasfondo empresarial de su nonata aventura pero me encontré con un relato anecdótico e indeciso entre la venganza literaria, el testimonio personal y el análisis de una situación empresarial. La historia que cuenta Jiménez es un vaivén de circunstancias cotidianas en la vida de un director de periódico: reuniones, encuentros y conversaciones con unos y otros que revelan el enjambre de fuerzas contradictorias que operan en cualquier empresa del ramo, tanto más en estos tiempos de crisis del sector. Obviamente, en algún momento de la peripecia de Jiménez la propiedad del periódico adoptó una estrategia incompatible con los afanes del director y eso es todo.
La dramatización que Jiménez ha hecho de esta circunstancia es curiosa y los periodistas, sus compañeros y colegas, que participan en la trama son mencionados pour connaisseurs con unos motes pueriles (el cardenal, la digna, etcétera) que, como era de esperar, ejercieron una atracción irresistible en los programas de cotilleo y dieron al libro una fama que lo convertirá en serie de televisión. Y así es como lo que iba a ser un testimonio de ética e intrepidez profesional ante las asechanzas de los poderes del dinero va a convertirse en un bonito y esperemos que lucrativo espectáculo, como ilustró Billy Wilder.