Corre, corre, que se cierra la ventana de oportunidad. Vivimos en un parque de atracciones en el que las emociones se pillan al vuelo, en la noria, en la montaña rusa, en los autos de choque. Prisa por estar, prisa por pillar, prisa por hacerse con el peluche o la bolsa de garrapiñadas de la caseta de tiro. ¿Y ustedes quiénes son? Más país. Pero, ¿qué es eso? Deje de hacer preguntas, no sea abstencionista. Somos una ventana de oportunidad. También podrían ser un agujero negro. Venga, hombre, deje de titubear y arriésguese. Ahora no tiene excusa para quedarse en casa y no ir a las urnas. La pasión por el negocio del juego ha llegado a la política. Si no juegas eres tonto; si juegas, ludópata (o demópata). Los españoles estamos llamados a convertirnos en demópatas.

Más país, la nueva app para votantes móviles. Más país es, más escuelas, más hospitales, más viviendas, más verde en el paisaje, más limpio el aire, más empleo, más dinero en el sueldo, pero también, más fútbol, más fabada, más voxianos, más monarquía, más corrupción, más obispos, más cuñados, y como todo no puede ser, convendría que dijeran de qué va a haber más y de qué, menos. Si  don Errejón y su gente se curran el programa y la estrategia de su nuevo partido como se han currado el nombre del invento, no van a llegar muy lejos con su marca blanca.

Hay una tendencia a lo subjetivo, lo emocional y lo abstracto en los nombres de los partidos emergentes, sintagmas gramaticales truncados, en los que siempre falta algún elemento para completar el mensaje. Si hay sujeto, no hay verbo ni predicado (ciudadanos); si hay verbo, no hay sujeto ni predicado (podemos); otras veces es un nombre común y además en pedantesco latín (vox) y otras, una proposición adverbial abstracta (más país). Son lexemas leves y huérfanos, flotantes, que nadie sabe dónde empieza ni dónde termina su significado y en los que se puede entrar y salir como un rayo de sol atraviesa un cristal, etcétera. Puestos sobre la mesa, parecen piezas del scrabble con las que la ciudadanía está obligada a componer un discurso coherente. Habría que preguntarse cuánto hay de gramatical en la volatilidad electoral y política de los partidos emergentes; qué responsabilidad tienen en su deriva los balbuceos sintácticos que los identifican. El macizo del electorado prefiere las marcas de siempre, robustas y tradicionales, aunque ahora mismo tampoco signifiquen gran cosa.

A comienzos de la transición, Felipe González recibió presiones de la derecha gubernamental para que suprimiera el término obrero del nombre del partido y el astuto dirigente se negó a hacerlo porque sabía el valor emocional que la palabra tenía en su electorado, pero al mismo tiempo necesitaba desactivar las connotaciones de izquierda reivindicativa y belicosa que arrastraba la sigla y lo hicieron con el aparato gráfico. La primera  campaña electoral la encargaron a José Ramón Sánchez, un excelente ilustrador, que pintó unos carteles con un mensaje que hoy llamaríamos transversal: un coro en el que aparecían sonrientes y ufanos, un obrero metalúrgico, una campesina, un pescador y un oficinista (hoy todos serían autónomos), abrazados a Felipe González en un paisaje en que el sol se levantaba sobre las chimeneas industriales más contaminantes entre árboles y prados de lo más ecológico. Don Felipe quería que su oferta fuera ancha, abierta y ambigua, que pareciera una cosa y fuera otra, y así ganó las elecciones. Errejón y su más país deberían echar un vistazo a esas láminas, si no lo ha hecho ya.