Las palabras causan extrañeza cuando aparecen y cuando se desvanecen del habla. En el primer momento, el hablante busca acomodo al neologismo, intenta darle un significado e incorporarlo así a la caja de herramientas con la que aspiramos a describir y comprender la realidad. Después de un tiempo, la palabra desgastada pierde valor de uso y en el mejor de los casos queda alojada en la memoria como un anacronismo más o menos eufónico de un tiempo pasado y ajeno. En la torrentera del lenguaje político de estas fechas aparece el término ilberal, como una fina tentativa léxica para dar nombre a esa creciente niebla que se cierne sobre los sistemas democráticos europeos y para la que se han desechado otros calificativos: fascista, por demasiado tosco; nacionalpopulista, por muy alambicado; autoritario, porque surge de la voluntad del electorado, etcétera. Iliberal suena exquisito y punzante.
El diccionario rae tiene recogido el término en la seca acepción de no liberal. Los académicos no han necesitado currárselo. El prefijo [i] en castellano deroga la palabra a la que precede y a pesar de su poquedad fonética y ortográfica tiene en el significante el efecto letal de una picadura de mamba negra. Iletrado, ilegal, ilícito, ilógico, forman un repertorio de cualidades negativas que puede aplicarse de modo pertinente al quehacer político tal como nos es presentado cada día. La diminuta [i] condena los anhelos más sentidos del individuo en sociedad: ser educado, legal y lógico. Podría ser el argumento de un concurso televisivo titulado el acento sobre la i: ¿qué político de entre los que están en la cancha ahora mismo merece ser reconocido como educado, legal y lógico? El pueblo televidente tiene una visión intuitiva sobre estas cualidades y el concurso daría juego. Introducir en el cubilete el término iliberal, sin embargo, entorpecería la dinámica porque el público no distingue su antónimo. ¿Qué es ser liberal? Si el concursante recurre a la historia descartaría a todo el espectro de izquierda, pero ¿podría calificar de liberal a doña Cayetana, doña Aguirre, don Rivera, el saltimbanqui, don Aznar, que llevaba sus anhelos de libertad al derecho a conducir borracho, o a don Pujol, para el que la libertad se confundía con el tamaño de su libreta de ahorros? ¿Oponerse al derecho a circular sobrado te convierte en iliberal?
La derecha tiene un problema muy serio, y es que el salón donde celebra sus reuniones sociales se ha poblado de monstruos. El director italiano Luchino Visconti retrató con característica elegancia ese momento en La caída de los dioses: los escuadristas de la camisa parda irrumpen en la celebración familiar de las élites económicas de la época. En aquel momento, seguro que hubo alguien que hizo un mohín y exclamó, ¡uy, qué ordinariez, cuántos iliberales! Hoy, el uniforme no identifica a los monstruos, y tanto puede ser un calzón de baño en Italia como una cresta dorada en Reino Unido. Los comentaristas están muy contentos porque se ha conseguido frenar las pretensiones de dos iliberales de manual: don Salvini y míster Johnson. ¿Quiere decirse que ya puede seguir la fiesta liberal en Davos o donde sea?