Crónicas de agosto, 11
Las cumbres gé siete, ocho o el número que sea evocan la caída de la tarde en los lagos de la reserva de Ngorongoro, cuando los grandes mamíferos se acercan a abrevar y el resto de la fauna del área ha de suspender lo que esté haciendo por su propia seguridad. Hay algo majestuoso e intimidante en esta liturgia en que los elefantes se adueñan del espacio y literalmente anulan la presencia de cualquiera otra especie inferior en tamaño y fuerza. Este ritual sirve en primer término para la pervivencia de las bestias superiores, que en la naturaleza como en la civilización son tanto más ornamentales cuanto más grandes y costosas de mantener, y, por último, para ratificar el orden inmutable de las cosas. Los vecinos de Biarritz, como los cervatillos de Ngorongoro al atardecer, andan estos días espantados, con una txartela colgada del cuello que los identifica como especie protegida, y mirando nerviosamente a derecha e izquierda cuando entran o salen de casa, no vaya a ser que les pase por encima la limusina blindada de alguno de los dueños del planeta. El resto de la fauna humana de esta parte del golfo de Vizcaya ha visto perturbados planes, itinerarios y hábitos cotidianos hasta que los grandes mamíferos dejen de abrevar en Ngorongoro.
Sin duda hay en alguna parte un archivo clasificado secreto que explica por qué los grandes de la selva han elegido Biarritz para su ocioso encuentro ritual. Es una localidad envuelta en un aura antigua y decadente, de villas suntuosas y vida social letárgica, habitada por vecinos de clase media y frecuentada por turistas low cost. Pero está situada en una de las zonas turísticas más atractivas de Europa y en un denso corredor de tráfico internacional, y su elección como sede de una cumbre gé en verano semeja a la decisión de un elefante que ha elegido un hormiguero para asentar sus posaderas. La mala noticia es para las hormigas. Por lo demás, la cumbre de Biarritz es una pérdida de tiempo, en la onda de todas las anteriores. Para ser un encuentro de los grandes, ni lo son todos los que están ni están todos los que son, y algunos de los están vienen con más ánimo de bronca que de entendimiento. Así que esta clase de reuniones es lo que parece; un insulto a la inteligencia del común. Don Sánchez acudirá mañana a la hora del café, quizá cuando ya no quede más que el servicio recogiendo la vajilla, para hacerse notar en la escena internacional, como dice untuosamente el diario de referencia.
Y dicho esto, el escribidor pide disculpas a los nobilísimos elefantes de Ngorongoro por el atrevimiento de compararlos con los tipos que acudirán a la cumbre de Biarritz y que ocasionaron que el amigo Luis se viera retenido en un apeadero de la autopista donde la guardia civil detuvo el autobús de línea en el que viajaba a Bilbao.