Logística es la palabra. El traslado de magnitudes inimaginables de chucherías –tostadoras de pan, biblias y coranes, prendas de lencería, repuestos de automóvil, cápsulas de café expreso-  producidas en quién sabe dónde para depositarlas al otro lado del planeta donde esperan ignotas colonias de consumidores sobreexcitados por una propaganda global. El negocio del futuro, dice el santo patrón de esta nueva religión económica, don Bezos. El desplazamiento del centro de gravedad del capitalismo desde la producción o el consumo a la intermediación ha alterado incluso la iconografía del sistema. La representación del capitalismo primitivo que encarnaba  robinson crusoe era un viajero y colonizador, armado para su autodefensa y dotado de destrezas técnicas que le legitiman para someter a la naturaleza. El náufrago depositado por dios en una tierra de promisión se construye su casa, que es su castillo, en un entorno autosuficiente y bien dotado de recursos de supervivencia y bienestar, y, cuando es pertinente, la misma lógica de la historia le proporciona un esclavo para las tareas serviles. El destilado de esta imagen robinsonesca aún llegó a la educación sentimental de nuestra declinante generación a través de las novelas y las películas de exploradores a la conquista de espacios ignotos, secundados por una dócil reata de porteadores bantúes, indígenas andinos o sherpas tibetanos que transportaban la impedimenta de la expedición sobre sus cabezas.

La sorpresa del señor Crusoe es que su tataranieto ha de ganarse la vida como porteador para glovo, montado en una bicicleta que ha de pagarse él mismo. Los porteadores han dejado de ser un pequeño grupo auxiliar y son una multitud laberíntica y desesperada. En la teología económica de don Bezos, todos estamos en el negocio de la intermediación. La producción se ha abaratado y difuminado en el espacio y el consumo es repentino, voluble y fugaz. El dinero hay que buscarlo, pues, en el zigzagueo de la mercancía y en el goteo de comisiones y alcabalas que genera. En España, tenemos familias enteras en las que puede advertirse esta mutación del negocio. Los Pujol-Ferrusola, por ejemplo. El patriarca aún responde a la imagen robinsonesca de quien entra en política como quien desembarca en una isla desierta, para hacerse una casa, un capitalito y una parcela de respetabilidad entre el patriciado tradicional catalán al que él no pertenece por cuna, pero sus hijos han de trincar sus propios ingresos de las comisiones que genera la puesta en marcha de los nuevos negocios que su familia tutela. Los hijos de los héroes de neoliberalismo -Thatcher, Aznar, Pujol- se dedican al cambalache y la intermediación, actividades del campo de la logística. Ninguno trabaja en la economía productiva. El dinero está en el movimiento y hay que atraparlo al vuelo.  

La imagen más propia del capitalismo actual es la del antiguo Egipto: miles de obreros que acarrean piedras para construir una pirámide. Logística al servicio de un poder económico y político encarnado en una figura geométrica que es a la vez una fortaleza inexpugnable y un artilugio matemático indescifrable. Los trabajadores de las pirámides no eran esclavos sino operarios libres que trabajaban por un salario, como los empleados de glovo. La sorpresa radica en que aquel imperio basado en el poder absoluto del faraón y en los mangoneos mágicos de las castas sacerdotales, duró milenios, sedujo o sometió a pueblos y territorios de un vasto entorno, y creó una cultura ciclópea cuyo eco aún nos inspira y nos asombra. Como China, ahora mismo. Los chinos ya han superado el tinglado logístico de don Bezos. Por primera vez en los últimos quinientos años, una revolución tecnológica y política va a sorprender a los europeos (y a sus herederos del occidente atlántico) con la boca abierta.

P.S. Después de esta distopía de andar por casa, dictada por el calor y un aburrimiento godotiano, esta bitácora entra durante unos días en modo intermitente por pereza del titular.