La expresión coloquial que da título a esta entrada alude a la autonomía de los hechos y de los comportamientos humanos, que parece azarosa pero está determinada por factores y  circunstancias previsibles y corregibles. Por ejemplo, los incendios forestales van a su bola y los pactos de gobierno van a la suya. Son espacios de la realidad contiguos pero incomunicados. Los bosques arderán o no con independencia de que haya o no gobierno; y habrá o no gobierno así ardan o no los bosques. Sin embargo, en algún punto de la calamitosa lógica que guía nuestro sentido de lo colectivo se dice que elegimos a los gobiernos para que nos libren de la calcinación.

En una ocasión, el incendio forestal pareció acosar el gobierno. Fue en julio de hace catorce años, en Guadalajara. Las llamas, azuzadas por un viento fortísimo, rodearon inesperadamente a un retén de agentes forestales y acabaron con once vidas. Los españoles asistimos rutinariamente a la devastación estival de nuestro suelo, que discurre sin consecuencias aparentes, pero en aquella ocasión alguien tenía que ser culpable de las once víctimas. El pepé se da maña para espolear estas circunstancias trágicas y de inmediato encontró al culpable: don Zapatero, que apenas un año antes había ganado las elecciones. Una jueza se vino arriba y empapeló a un buen número de técnicos forestales, cargos políticos y vecinos del lugar, que finalmente fueron excluidos de la causa. Ira de las víctimas, acusaciones infundadas, informes periciales, recursos procesales, sustituciones de magistrados, ir y venir de declaraciones y pruebas y mucho postureo político. Al final, fueron acusados solo los excursionistas que habían provocado el fuego contra la advertencia explícita del guardabosque, lo que les significó una condena de dos años. Cuando la sentencia se hizo pública, habían pasado cinco o seis veranos con sus correspondientes  tránsitos entre llamas  y el asunto estaba olvidado excepto, claro está, para las víctimas y sus deudos. Irresponsabilidad cívica, incuria administrativa, justicia prolija y lenta, y alboroto político, fueron los tradicionales factores que definieron aquel suceso concreto y por extensión definen cualquiera otro  de nuestra vida pública donde un sinnúmero de hechos y comportamientos personales entran en juego a su bola.  La única consecuencia de aquella tragedia fue la prohibición de las barbacoas campestres en época estival.

En verano, que cada año es una estación más larga, el estado declina en estado de naturaleza. El fuego se enseñorea del campo y de nuestra imaginación urbanita. Los medios técnicos para combatirlo han mejorado al ritmo en que han aumentado los intereses que el fuego afecta. En el último episodio de esta serie veremos un helicóptero sobrevolando un desierto abrasado. Entretanto, cada año vemos las mismas caras asustadas, los mismos edificios reventados y ennegrecidos, las mismas bestias de granja calcinadas, los mismos campos de ceniza. Hay algo de exultante en este fiero espectáculo: el hombre frente a la naturaleza, donde el gobierno está ausente, a su bola. ¿Estará arrasado el país para cuando por fin tengamos gobierno? ¿Quién sabe?, y sobre todo, ¿a quién le importa?