El país entero se arracima en una sala de juicios. La sociedad y la política se han puesto a los pies de los tribunales, no solo para recibir justicia sino sabiduría. No solo necesitamos que se castigue al culpable y se absuelva al inocente sino que nos digan qué somos y cómo debemos actuar en este tiempo de confusión. El más alto tribunal dirime sobre conductas y sobre la semántica que las inspira. En los últimos meses ha debido discernir entre abuso y agresión, y pronto deberá distinguir entre rebelión, sedición, desobediencia o nada. El léxico, en el código penal, viene cargado de energía punitiva, así que las palabras importan. Las sentencias judiciales devuelven la pasión al lenguaje y le otorgan peso en un tiempo en que su uso está devaluado por la banalidad, la repentización, el descuido y, por último, la mentira. Los tribunales tienen en sus manos el destino de la sociedad y el lenguaje que lo informa. La semántica revela su carga moral, el tribunal supremo usurpa el lugar de la academia de la lengua y su presidente se yergue como la más alta magistratura del país, observado a la vez en su conducta por otros tribunales más altos y remotos, Estrasburgo y todo eso, como en un relato de Kafka.
El misterio empieza en la organización y funcionamiento de la justicia. Los jueces los son a través de un inextricable laberinto de oposiciones de mérito y enchufes de origen político o corporativo. El discurso de la justicia se ofrece seccionado y jerárquico: la sentencia de cada fase del proceso se impone a la anterior. Eso explica que lo que un juez inferior considera un espectáculo erótico termine en una sentencia definitiva por violación. Aquel juez primero confundió la fantasía con la realidad, pero ¿cómo evitar que esto ocurra cuando los jueces son parte del espectáculo? ¿No es el juez Marchena hoy la primera estrella mediática del país, además de la única autoridad reconocida que tiene en sus manos el rumbo de la historia?
Los poderes ejecutivo y legislativo están agarrotados en sus funciones y el pueblo secuestrado en su calidad de comunidad de electores, a la espera de la sentencia por antonomasia, y todas las miradas están entregadas al desciframiento del mensaje que se oculta tras el muro de togas acharoladas. De este silencio expectante emergen voces, que boquean como peces fuera del agua y reclaman que vuelva la política. Silencio, porque es la política precisamente la que está bajo escrutinio. En cierta remota película de nuestra juventud, Un hombre de suerte, de cuando los ingleses eran gente inteligente y divertida, un juez empelucado aprovechaba los descansos de la vista oral para retirarse a su despacho, despojarse de la toga bajo la que iba desnudo y someterse a una sesión de vicio inglés a manos de un pasante. Esta imagen vuelve consoladoramente cuando el telediario me lleva a las sesiones del tribunal supremo donde estamos todos sentados en el banquillo. Tengo que consultarlo con el psicoterapeuta.