En nuestra remota adolescencia se nos decía que los japoneses se presentaban a sí mismos por su nombre y el de la empresa para la que trabajaban: fulano de tal, de mitsubishi; mengano de cual, de sanyo. Aquella forma de patriotismo laboral producía una regocijada mezcla de extrañeza y admiración en un país como el nuestro donde la patria estaba secuestrada por los vencedores de la guerra civil y no había más instituciones a las que se pudiera prestar una lealtad agradecida que los clubes de fútbol. Nuestra generación se crió sin patria reconocible y en esas estamos. Sin embargo, aquel raro patriotismo japonés tenía sentido: un país derrotado y ocupado militarmente, golpeado por la bomba atómica, políticamente descreído y culturalmente devastado, entregó su lealtad a lo único que funcionaba bien, protegía a su población y era emblema de orgullo nacional: la industria. Eran los tiempos del milagro japonés, que ya ha desaparecido del mapa porque todo pasa.
La ideología tiene mala prensa y no sin razón porque en la mayoría de los casos alude a un cliché hecho de lugares comunes, fórmulas repetitivas y hábitos inoperantes, pero lo cierto es que ningún colectivo humano puede funcionar sin un discurso y unos valores compartidos, y este material adherente no puede ser fruto de la mera voluntad sino de la inteligencia aplicada a una situación real y concreta. El famoso consenso de la transición, que consistió en la aplicación de un sistema democrático sobre una estructura nacionalista, conservadora y comunitarista, fue debilitado, primero por los socialistas para favorecer las condiciones de ingreso en el mercado europeo, y dinamitado por último por don Aznar y el neoliberalismo que patrocinaba –la ideología dominante en occidente desde hace cuatro décadas-, consistente en una forma de cleptocracia generalizada que, en algunos casos, aunque no en esencia, ha terminado en los tribunales. La consigna era apáñatelas como puedas, formulada desde el poder político y la disponibilidad absoluta de los recursos públicos. Hasta los obispos sacaron tajada con las inmatriculaciones. El resultado ha sido doble, debilitamiento del estado y ampliación de la brecha social, y como consecuencia, la multiplicación de los agentes y las iniciativas para poner remedio a esta situación: el multipartidismo. La paradoja añadida es que los partidos concurrentes traen consigo nutridos colectivos con sus expectativas e intereses particulares, a los que se ha de dar cabida en la trama de cargos públicos. El resultado, que estamos viendo estos días, es un mercadeo con rasgos bufos presidido por la confusión ideológica y del que está por completo ausente lo que antes se llamaba el interés nacional.
En abstracto, el híper capitalismo vigente es incompatible con una democracia universal e igualitaria, y en lo concreto, el estado es incompatible con el mercado. En principio, tienen ámbitos de competencia distintos pero, si bien hay un acuerdo de las élites en que el estado no puede invadir el terreno del mercado, nadie cuestiona que el mercado se apropie de porciones crecientes de las competencias del estado. Un país cercano ejemplifica este equilibrio imposible entre un estado centralizado y fuerte y una economía de mercado desarrollada: Francia. Aquí conviven, malamente, un gobierno del estado dícese que social-liberal con mayoría absoluta y una protesta incesante, generalizada y a menudo violenta en la calle, donde reina el mercado. El presidente de la república, lo más parecido a un monarca absoluto que hay en Europa, está paralizado y sus iniciativas para extender los valores que informan al estado francés entre la zarandeada población son titubeantes y fallidas.
La última, la creación de un servicio civil-militar para jóvenes voluntarios, es, para decirlo suavemente, entre ridícula e inquietante. Recuerda a la organización juvenil española y al frente de juventudes de la falange de nuestro inolvidable pasado. Aquel invento también era una iniciativa, entre recreativa y doctrinaria, que funcionaba para unos pocos miles de jóvenes cuando ya el capital –banca, constructoras, consorcios industriales- había conseguido doblar la mano al llamado estado totalitario de Franco, no para cambiarlo sino para ponerlo a su servicio y, en último extremo, para legitimarlo ante los mercados y los estados capitalistas del ámbito occidental. La pregunta, pues, para el servicio civil-militar de monsieur Macron sería, ¿qué valores y destrezas se van a impartir en esos campamentos juveniles que no tengan cabida en los currículos oficiales de la escuela republicana? A menos que la respuesta obvia sea que la privatización de la educación pública es el próximo campo de conquista del liberalismo en nombre del cual Macron gobierna Francia. Es una pugna que está al pil pil en España.
A los jóvenes participantes en el plan de monsieur Macron se les va privar de los dispositivos móviles durante su estancia en el campamento, quince días. En la certeza de que lo recordarán como una tortura insufrible, podemos preguntarnos, a) ¿qué futuro puede construirse sin dispositivos móviles? y b) ¿cómo movilizar alrededor de un discurso analógico a esta generación y las que vienen, abducidas desde la cuna por el fulgor de sus smartphones? Estamos atrapados en un presente trémulo, entre el pasado que solo ofrece ruinas y el futuro irreconocible. Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época (Marx y Engels, La ideología alemana). Bien, ¿y qué?
(Fin de la serie)