Aniversario del desembarco de Normandía y, como cada año, la celebración tiene un aire dulzón, autocomplaciente, que el espectador actual no puede dejar de ver sino como el repetido epílogo de la película Salvad al soldado Ryan. Una historia con final feliz, un festejo turístico. Desde la unificación de Alemania, el canciller del país vencido asiste a la conmemoración junto a los vencedores, si bien no se homenajea a sus caídos. El recuerdo no es para los desastres de la guerra ni para el heroísmo a la fuerza de los combatientes, aunque algunos vejetes comparezcan muy tiesos con sus banderas de antaño y sus boinas regimentales; lo que se celebra es el statu quo resultante de aquel desembarco. En Europa, cada celebración del final de una guerra preanuncia la siguiente y, cuando norteamericanos, británicos y otros aliados occidentales desembarcaron en las playas de Francia para abrir lo que se llamaba entonces el segundo frente contra Hitler, ya estaba trazado en el horizonte el inicio de la guerra fría. Los rusos no asisten a la conmemoración de Normandía, pero el éxito de los occidentales no hubiera sido posible sin el inmenso sacrificio en vidas humanas de la entonces llamada Unión Soviética y del empuje tenaz de su ejército.
La guerra es la continuación de la política por otros medios, el cínico aforismo de Clausewitz es pertinente a esta ocasión. Hitler no quería la guerra con Inglaterra. Su objetivo era una Alemania imperial que extendiera sus dominios en el este continental y dejara a Inglaterra, al fin y al cabo una isla, con su imperio transoceánico. Este propósito expansivo lo vendió exitosamente a la opinión pública europea como lucha contra el comunismo y las potencias occidentales, seducidas por esta retórica, que compartían, hicieron notables concesiones al expansionismo nazi, desde su participación militar en la guerra de España hasta las anexiones por razones étnicas de los Sudetes y Austria. La invasión de Polonia puso fin a este ciclo de tolerancia. Al este, Alemania y Rusia se dieron entonces una tregua con el pacto germano-soviético, firmado sobre las espaldas de una nación a la que ambas potencias despreciaban y de hecho se repartieron. Hitler pudo entonces dirigir su fuerza militar hacia Francia, a la que venció y ocupó de manera fulminante, e Inglaterra, de la que comprendió que era inconquistable y prefirió mantener a raya mientras dirigía sus fuerzas al este, su objetivo principal. En el frente ruso, la guerra fue de conquista y exterminio y el sufrimiento humano no tuvo comparación posible con el que se registró en el teatro occidental; los soviéticos tuvieron veintisiete millones de bajas de las que dos tercios fueron civiles. También fue en este frente donde la Alemania nazi agotó sus recursos militares y puede decirse que fue derrotada, lo cual es un hecho aunque lo sostenga don Rufián en un tuit. Los aliados occidentales se tomaron su tiempo para abrir el segundo frente a la espera de los resultados en el primero y la decisión se materializó cuando Stalin había llegado a la frontera alemana, en buena medida para impedir que el ejército rojo llegara hasta el mismísimo París.
Este año, los cronistas se han entretenido en observar los intercambios de miradas entre los dirigentes que formaban la primera fila de dignatarios asistentes a la conmemoración. El cuadro ofrecía una cierta disonancia cognitiva. Los invitados representan figuras del pasado en un escenario del presente ¿Cuánto se parece esta situación a la de entonces? Estados Unidos vuelve a su histórica tentación aislacionista; Inglaterra, tan aparentemente segura de sí misma, titubea ante un incierto futuro; Francia oculta tras su imponente presencia debilidades estructurales, y Alemania vuelve a ser la potencia dominante de un continente en el que nuevas reencarnaciones del fascismo medran entre la población y trepan por las instituciones. Al otro lado, Polonia duda de su pertenencia al club occidental y Rusia sueña con la recuperar el fulgor, si no los dominios, de la extinta Unión Soviética. Alguien debió preguntarse qué se celebraba en Normandía.