La Creu de Sant Jordi es uno de esos abalorios que el poder otorga para celebrarse a sí mismo, y ahí está Messi recibiéndola por su humildad y honestidad, con cara de niño bueno o de pez fuera del agua mientras a su alrededor los donantes se jalean a sí mismos profiriendo a voz en grito proclamas independentistas, de modo que el homenajeado parece más bien el secuestrado. ¿En qué pensaba en ese momento el niño prodigio adoptado por el Barça cuya patria originaria, y sin duda también su memoria más íntima, está al otro lado del Atlántico? Podría imaginarse que el reconocimiento al futbolista era un gesto de concordia. La insignia que representa a Cataluña le era concedida a alguien que goza de una admiración universal y por razones muy alejadas de la política, bueno, quizá no muy alejadas, digamos que más ajenas a la política que a los paraísos fiscales, pero esto es conceder al nacionalismo una sutileza de la que carece. La primera obligación de los nacionalistas es arramblar con lo que tienen a mano para amueblar la patria y darle aspecto de un hogar deseable, y en esa tarea vale todo, como en el repertorio de un cuento de Borges: batallas, próceres, territorios, iconos, fábulas, ídolos populares, familias de ringorrango, etcétera. Pocas cosas son más voraces y propensas a la indigestión que el patriotismo. A finales de los setenta, un titular de prensa regional en esta parte del golfo de Vizcaya calificaba al atleta cubano Alberto Juantorena de vasco a raíz de su proeza en los juegos olímpicos de Montreal. Lo más cerca que habían estado los ancestros del Juantorena del golfo de Vizcaya era el golfo de Guinea, como los de Messi lo están de la plaza de Sant Jaume.
El laberinto catalán es de muy complicada salida. De hecho, nunca conseguimos dejarlo atrás, ni tampoco crear un itinerario estándar para recorrer con provecho sus pasillos circulares y sus estancias ciegas. Podría decirse que los jugadores vagan por el laberinto con el santo y seña de la Creu de Sant Jordi en la solapa, lo que permite distinguir a los nativos de los intrusos, a los fetén de los advenedizos. Pero ni siquiera esta es una regla fija. Messi no necesita el santo y seña porque ya sabe el camino que conecta el laberinto con las islas Caimán, y algunos que hasta ahora se sentían a gusto en el laberinto porque no lo veían como tal han devuelto la insignia, convertida así es una especie de prenda del juego del tú la llevas. Un incordio, más que un salvoconducto. La actriz Rosa Mº Sardá lo devolvió, que es como aquel vecino ateo que no quería recibir en su casa la hornacina del sagrado corazón de jesús que deambulaba de hogar en hogar de la parroquia en los tiempos del nacionalcatolicismo. También ha devuelto el tú la llevas doña Gispert, ex presidenta del parlament, al comprobar que de nada sirve exhibirlo en la solapa si no puedes llamar cerdos a sus adversarios políticos. Don Torra ha insistido en que ambas cosas no son incompatibles pero doña Gispert ha devuelto el pin de todos modos. Unos la obtienen por humildes y otros la devuelven por faltones. Ahora, un cuento futurista. Cataluña es independiente y un inspector del fisco catalán llama a la puerta de la masía de Messi por un asuntillo de impuestos. Le abre el padre del as del balompié y, a la requisitoria del funcionario, responde, mi hijo tiene la Creu de Sant Jordi. Ah, caramba, lo siento, ha debido haber un error, disculpe la molestia, responde el inspector de hacienda, que ha enrojecido como una amapola, mientras se retira haciendo reverencias. Es tan humilde y honesto Messi…