En el santoral laico que coloniza el calendario, hoy es el día de Europa. No conozco a nadie que se llame Europa o Europo. El santoral tradicional no hacía cuestión de género. Una bisabuela vivió noventa y pico saludables años llamándose Pantaleona. Si dios quiere, sería más longeva que el artefacto que llamamos Europa. Este nombre designa propiamente un accidente geográfico de formato peninsular, como Yucatán o Kamchatka, y lo que se pretende, con éxito por ahora relativo, es dotarlo de un sentido histórico, político y, ya puestos, moral. Para decirlo como un politólogo fino, estamos creando un demos. No hay que desesperarse; las construcciones políticas son en primer término hechos de poder a los que se adhiere el demos, de grado o por la fuerza, hasta conseguir que poder y demos formen una unidad masiva más o menos compacta y duradera. Por lo que estamos viendo estos días en nuestro país, antiguo de cinco de siglos, según la doctrina común, es esta una tarea en permanente revisión y que no termina nunca.
Europa tiene una doble dificultad para reconocerse a sí misma. Históricamente ha sido, todavía es, un mosaico de estados-nación (poder y demos) muy compactados y fuertes que, además, han gobernado e irradiado su dominio cultural y económico sobre buena parte del planeta en el pasado y ahora se les pide que abdiquen de esta herencia, a la vez que sus poblaciones descubren que ya no son los dueños del mundo y su opulencia y orgullo es cosa del pasado. Cuando en el siglo ido, los estados europeos empezaron a perder las colonias de ultramar, emprendieron dos devastadoras guerras sucesivas entre sí, que en clave europea pueden considerarse civiles. La pionera en el desbarre fue España; apenas perdió Cuba, su última colonia en América, entró en un declive que terminó en la degollina cuyos efectos aún no hemos digerido por completo. Portugal se salvó, quizás por su pequeño tamaño y su carácter marginal; conservó sus vastas colonias africanas hasta el último tercio del siglo y ahora mismo es el país más feliz del consorcio. El pasado de Europa está plagado de abismos y sombras y su futuro, de incertidumbres. En esta bruma aparece la última especie de la fauna europea, que se creía extinguida: el llamado populismo de extrema derecha, antaño fascismo.
Cuando se dice que las elecciones europeas del próximo día veintiséis son decisivas, se quiere decir que la extrema derecha invade el vigamen del edificio común y la llamada a las urnas es un toque a rebato para frenar el incendio. La unioneuropea es una institución formalmente democrática. Tiene un poder legislativo (el parlamento, elegido por la ciudadanía), un ejecutivo (la comisión, que es autónoma) y un contrapoder (el consejo, formado por los jefes de estado y de gobierno de los países miembros). ¿Qué puede fallar cuando diríase que todos los intereses y poderes están representados y equilibrados? La falla es más fácil de describir que de solucionar. La democracia representativa adelgaza a medida que asciende de nivel en el alambique. El estado sólido de los resultados electorales se torna líquido cuando ha de constituirse el poder emanado de las urnas y entra en estado gaseoso cuando ese poder constituido ejerce sus funciones. La extrema derecha se presenta ahora mismo como el único material sólido de este ecosistema; esa es su ventaja.
En resumen, el demos tiene una idea sobre la naturaleza y función de las instituciones europeas análoga a la que tiene sobre el sistema solar; por más que se lo expliquen no deja de ser un asunto que tiene lugar muy lejos de su existencia. Esta lejanía mental, tiznada de hostilidad y miedo, es alimentada por las clases políticas nacionales que mandan a Europa a los desechos de tienta y los excedentes de cupo de entre sus filas, reforzando la impresión de que Europa es básicamente unas vacaciones pagadas. Cuando las derramas de los años de vacas gordas caen sobre el demos en forma de subvenciones, becas, ayudas, etcétera, Europa responde a este papel imaginario que se le ha asignado, pero en tiempo de vacas flacas como los que corren, Europa se llena de gente que pregunta, ¿qué hay de lo mío? Esto es lo que se dirime en las así llamadas decisivas elecciones que vienen.