Fiesta marcada en rojo en todos los calendarios del planeta. El día de todoslossantos de la era industrial. La ocasión para que la parte mayoritaria de la humanidad, que carga sobre sus hombros los costes del progreso del que nos beneficiamos todos, se reconozca a sí misma y haga un alarde de fuerza. Pero, si hemos de fiarnos por lo visto en la calle, esta fuerza no es mucha. Nunca lo fue en los cuarenta años de los que tenemos memoria pero desde hace una década es menguante y cercana a la irrelevancia, aunque fuera decisiva en algunos momentos contados y aún pueda serlo en el futuro. El aura mítica de la fiesta es más grande que su plasmación ritual. División sindical, consignas añejas, envejecimiento de la población obrera industrial. La unidad pregonada aparece desmentida por estrategias e identidades dispersas, manifestaciones distintas que en la pequeña capital de provincias se cruzan a ambos lados de la avenida principal y se miran con indiferencia y fastidio. Es la cuestión nacional, el tradicional obstáculo del internacionalismo obrero y ahora mismo el abismo abierto a nuestros pies, que hemos de sortear con artes de funambulista. Otra disonancia cognitiva recorre la fiesta. Los trabajadores que la conmemoran viven en un mundo material regido por el rigor del mercado, del que son la parte más débil, pero al mismo tiempo habitan una atmósfera cultural sobrecargada de abalorios y universalmente compartida, dirigida a disuadirnos de nuestra condición y administrada por los mismos que provocan los bajos salarios y los empleos fugaces. A este estado, que no es nuevo en la historia, se le llamó alienación, un término sin duda pertinente pero en desuso.
Mujeres y jubilados concurren a la manifestación con sus propias pancartas y consignas; son los nuevos sujetos históricos, que han dado muestra de su capacidad de concienciación y organización autónomas. En el pasado, representaron categorías sociales en los márgenes del movimiento obrero, formado por trabajadores varones en activo, que demandaban salarios más altos y jornadas laborales más cortas, en nombre de la dignidad y del bienestar. Este esquema estaba basado en el inacabable trabajo doméstico gratuito de las mujeres y en la dependencia de los viejos de los azarosos ingresos de sus hijos. Una poderosa corriente neoliberal empuja a un regreso a aquellos orígenes. La reforma laboral ha quebrado el pacto social y la precariedad es el cáncer que afecta a uno de cada cuatro trabajadores empleados, de modo que la demanda de un trabajo digno sigue vigente. Desde esta perspectiva, la manifestación bien podría ser una procesión de náufragos, aunque está históricamente demostrado que la tenacidad y la voluntad de victoria lleva a la playa, y en todo caso son necesarias para no hundirse.