Ahora ya sabemos por qué el canciller alemán herr Merz permanecía impávido en el despacho presidencial de la casablanca mientras a su lado el ogro de la cresta naranja despellejaba a nuestro amado don Sánchez a cuenta de su posición en la agresión contra Irán. El silencio no estaba dictado por la discreción diplomática sino porque a grandes rasgos compartía lo que el ogro estaba diciendo. Mientras su anfitrión amenazaba con las diez plagas a España, las neuronas del canciller alemán llegaban a la conclusión de que una guerra es una guerra y hay que elegir bando, que no puede ser sino el de Estados Unidos e Israel, como hasta ahora. La escabechina en Oriente Medio no puede alterar el statu quo cimentado desde el final de la segunda guerra mundial. No a la guerra es una consigna de pardillo.

La actitud silente y complaciente de herr Merz provocó algo parecido a una ruptura de relaciones con don Sánchez y ocasionó también un cierto alboroto mediático. Pero no hay equívoco posible.  Frau Von der Leyen ha trasladado el mensaje de Alemania al corazón de la unioneuropea a sabiendas de que cuenta con el apoyo de la mayoría de los países miembros, singularmente los del corredor atlántico, desde los bálticos y centroorientales a los nórdicos, es decir, los invadidos por Hitler en la guerra mundial y hoy concernidos en mayor o menor medida por la presunta amenaza rusa. Alemania tranquiliza si estás de su lado.  Las posibles excepciones a este consenso bélico serían España, que se ve a sí misma como un lugar de vacaciones muy lejos del frente; Francia, potencia nuclear que jamás se pondría a la zaga de una iniciativa alemana, y por extensión los países meridionales, que sienten más cerca del cogote el aliento de Oriente Próximo. No es casualidad que la réplica a frau Von der Leyen haya venido de un portugués, António Costa, presidente del consejoeuropeo.

En 1945, cuando se instauró el mundo basado en reglas, como se dice ahora tontamente, Alemania estaba derrotada y material y moralmente destruida. La división de su territorio para satisfacer los apetitos imperialistas de los vencedores y la doctrina keynesiana que en la parte occidental desaconsejó castigar a su economía con reparaciones y gravámenes (Plan Marshall, 1948), como se había hecho treinta años antes en el Tratado de Versalles, creó un nicho operativo que le devolvió casi de inmediato la autoestima, la prosperidad y en gran medida la hegemonía en Europa. La derecha democristiana mayoritaria absorbió en sus filas al nazismo sociológico, que no era insignificante, y lo ahormó a reglas democráticas; la economía despegó y sus indicadores superaron pronto a los de sus enemigos históricos, Francia y Reino Unido; la cobertura militar de Estados Unidos la libró del oneroso gasto de defensa y le otorgó una vitola de pacifismo, y por último, la culpa por el Holocausto se resolvió con el apoyo político y económico en cantidades ilimitadas al estado de Israel.

Este es el mundo que se ha venido abajo en la perspectiva alemana. Tres factores del desplome, entre otros: uno, el fin de la hegemonía económica basada en la industria clásica por la competencia de China y la eclosión de la economía digital en Estados Unidos; dos, el fin del país pacifista y hospitalario después del impacto del millón de inmigrantes provocados por la guerra de Siria y acogidos por frau Merkel, que alumbró el pujante resurgimiento de los neonazis, ese fantasma histórico; y tres, la ruptura del pacto paz por energía con Rusia a raíz de la invasión de Ucrania y del sabotaje por mano amiga de los gaseoductos nord stream.

En resumen, Alemania ha comprendido que tiene que ponerse las pilas y, a sabiendas de que la unioneuropea es un armatoste inmanejable como fuerza política, el futuro pasa por no enfrentarse a Washington, no emitir ninguna señal que pudiera hacer creer a Israel que se queda solo ante sus enemigos, recuperar músculo militar porque al este y al oeste tiene los países mejor armados de Europa (Polonia y Francia)  y transformar la economía hacia el futuro digital sobre la viga maestra de la defensa. No hay duda de que encontrará aliados; aquí, sin ir más lejos, don Feijóo, que vaga por el escenario como un pato en un garaje, podría tomar nota sobre cómo plantar cara a don Sánchez.