El cónclave de clérigos enturbantados que patronea la república islámica de Irán ha elegido como líder supremo al hijo del líder supremo. Era previsible desde que su nombre apareció entre los candidatos al puesto. Un enchufe se ve a mil leguas. Dicen que la elección es un desafío al agresor Trump, autor del asesinato del líder supremo sénior, que de esta manera se muestra inmortal ante el gran satán. Lo más parecido a la eternidad en este valle de lágrimas poblado de seres efímeros es el sueño patriarcal de que el hijo sea la existencia vicaria del padre.
Claro que el hijo puede pensar que no quiere morir como su padre porque es más joven y la juventud no es un incentivo para morir, a menos que se sea muy depresivo. El viejo murió en realidad por una falta de previsión de riesgos típica de los viejos, que lo mismo cruzan la calle con el semáforo en rojo que pasean bajo la mirada de los satélites y drones que te observan dispuestos a no dejar de ti ni el turbante. Los vejestorios no son aconsejables al frente de un país porque su estado les impide la esperanza. Es previsible que el joven sea más cauteloso en sus movimientos, pero esa actitud no ayudará a su imagen de mártir. Las religiones del Libro premian a los muertos porque vivir es sinónimo de complicidad con el pecado y mostrarse elusivo ante la negra parca puede ser un signo de flaqueza o de apostasía, un mal síntoma en cualquier caso. Ya veremos qué hace el chico Mojtaba.
Irán ha seguido una rutina consabida. Todos los movimientos emancipatorios del pueblo en nombre de un principio abstracto terminan en una monarquía absoluta hereditaria. La unidad de doctrina y una represión implacable crean un vacío de oportunidad que hace imposible cualquiera otra alternativa. El ejemplo más obvio a mano es Corea del Norte, donde reina la dinastía Kim desde su instauración en 1948 y hasta ahora ha entronizado al abuelo Kim, al padre Kim y al hijo Kim, y el trono lo heredará la biznieta Kim porque entre las innumerables constricciones del régimen no está la ley sálica.
Este revoloteo de ocurrencias ociosas ha llevado a la cabeza del escribidor a recordar al líder supremo de su remota juventud, que no pudo dejar el trono a su vástago biológico porque no tuvo hijo varón, ay. Esta circunstancia no impidió que en los últimos meses de su estancia en la tierra borboteara una conspiración palaciega para que nombrase heredero a don Alfonso de Borbón y Dampierre, nieto de don Alfonso XIII y borbón de pura cepa, casado con su nieta Carmencita. A falta de hijo carnal, tenía uno político con plenas credenciales, que habría permitido la continuidad del apellido Franco en la dinastía reinante. Pero desde años atrás el líder supremo ya había desarrollado un plan A para su sucesión. Apartó de su padre biológico a un joven príncipe al que convirtió en un huérfano y apadrinó y educó para que heredara el trono, una práctica que no era infrecuente en aquella época cuando curas, monjas y médicos sin escrúpulos arrebataban en maternidades y orfelinatos a los bebés de sus madres para dárselos en adopción a familias de mayor rango que los requerían y pagaban por ello. Así que el marido de Carmencita no fue rey y lo que sigue en esta historia es conocido.
El nombramiento del líder supremo júnior en Irán no va a hacer más simpático al régimen y por sí mismo no va a detener a los agresores, pero quién sabe. El ogro que dirige el ataque está necesitado de un cómplice interior –una delcyrodríguez con turbante y barba– que le dé la oportunidad de salir del embrollo al que le ha llevado su vanidad e inepcia porque, al contrario que su socio israelí, no necesita destruir el país que ha ordenado atacar y la guerra está poniendo en riesgo sus intereses económicos personales y, maldición, su lugar en el frontispicio de la Historia. Trump necesita a Jamenei más que Jamenei a Trump. El tiempo y la perspectiva de ambos son muy distintos. Los dos son sociópatas incapaces de compasión hacia el sufrimiento que provocan pero el de la cresta de color naranja es un oportunista sin escrúpulos y el del turbante, un fanático muy depurado, y ninguno de los dos tiene más salida que perseverar en el papel que se ha asignado a sí mismo. Ya veremos qué parte nos toca pagar de este juego de tronos.
(La imagen que encabeza este comentario es una acuarela de María Fuente).