Tako, Eustaquio en la partida de nacimiento, ha muerto. Ha muerto es un tópico de la conversación a esta edad; la grapa verbal que nos mantiene agarrados a la realidad tangible. Si él ha muerto, los demás estamos vivos. La calle está poblada de gente que vive en otro tiempo, de modo que cuando encuentras a uno de los tuyos sientes una espontánea satisfacción. Tako producía este efecto balsámico cuando nos cruzábamos en los paseos matinales de jubilado, cada uno a un destino y los dos a ninguna parte. Mostraba en estos encuentros fugaces el talante animoso, proactivo, diríase que optimista y urgente, sin ser banal ni obsequioso, que le era característico. Envejecer consiste en parecerse cada vez más a uno mismo. La edad hace innecesarios las imposturas y fingimientos que utilizamos para construirnos socialmente y cuando ya no es preciso tanto esfuerzo nos deja reducidos a nuestro carácter esencial. Reconocerlo en ti y en los demás produce una suerte de sosiego.
Estas líneas no son un obituario, género que encapsula al protagonista en un puñado de anécdotas, sino la expresión de un pesar genuino por la pérdida de un viejo conocido y convecino cordial cuyo recuerdo ayuda al boceto de una generación que ya desfila hacia el olvido. Nos conocíamos desde los años setenta y habíamos colaborado profesionalmente en el pasado. Tako fue proveedor de entretenimiento, es decir, publicista y promotor de artefactos culturales en un tiempo promisorio en que la sociedad despertaba del letargo de la dictadura. Era voluntarioso, trabajador e imaginativo, tenía gran capacidad de organización y derrochaba dotes persuasivas en el empeño, aunque no siempre con suerte. Entre sus iniciativas rescatadas ahora del baúl de la memoria produjo y estrenó una obra teatral, Último desembarco, del filósofo Fernando Savater, que no tuvo éxito, y trajo a esta remota capital de provincia un concierto de Elton John, que fue un fracaso económico. Su modus operandi tenía dos debilidades: no reconocía la importancia del dinero y rechazaba la rutina, lo que se tradujo en algunos embrollos económicos y en que sus proyectos decayeran pronto. Fue prodigioso y pródigo. Un adelantado en su campo que a menudo no tenía a nadie que le siguiera. Realizó la mayor parte de su carrera fuera y lejos de la provincia y en este extrañamiento no había solo una búsqueda de horizontes profesionales, también estaba movido por la necesidad de sacudirse de encima la pesadez y reciedumbre de su lugar natal, sin detenerse a pensar que era la piedra de Sísifo.
La muerte le ha alcanzado en uno de esos impulsos centrífugos, al otro lado del país, mientras gozaba de la vecindad del mar, indocumentado y trasladado a la morgue donde su cuerpo ha debido esperar unos días a que se acreditara su identidad. Una muerte muy cinematográfica, ha comentado con acierto uno de sus amigos. Nuestra generación está empapada de cine, a cuyas imágenes hemos arrendado la parte más atrayente de nuestra realidad hasta el último fotograma con la palabra fin.
Eustaquio Pezonaga Larrea falleció a los 73 años un día no determinado antes del pasado 9 de noviembre en la localidad gaditana de Barbate, debido a una afección cardiaca.