Día de la raza. Fiesta nacional. El comercio local está cerrado, por respeto a nuestros trabajadores, dice una nota pegada en el escaparate de la zapatería Tiberio, quizá para que un hipotético comprador despistado y frustrado sepa a quién tiene que echarle la culpa del cierre del establecimiento. El jubilado también había olvidado la fiesta y no hay comida en casa, así que se dirige a la grocery de frutas y verduras del paquistaní. A este emprendedor de tierras lejanas y piel oscura la historia le ha enseñado que la raza no es motivo para la holganza y los vecinos que viven en un calendario plano, sin fechas en rojo, le agradecen el afán y recompensan sus desvelos. Al otro lado de la plaza, algunos signos delatan la celebración: furgonas de la policía, escoltas de paisano y mirada oblicua, y antidisturbios de plantón en las esquinas de la iglesia de San Miguel, la del campanero insomne que atruena los sueños y las vigilias del jubilado. A través de la plaza van llegando a la iglesia autoridades felices y encorbatadas y mandos de la policía y la guardia civil en uniforme de gala, tricornios de charol y pechos esmaltados de medallas. El campanero se relame y empieza la murga.

El teatrillo de este episodio de la globalización, choque de civilizaciones o como quiera llamarse, es un espacio cuadrado, urbanizado en los años cuarenta, enmarcado por la mencionada iglesia y el primer instituto de bachillerato de la ciudad, ambos levantados por Víctor Eúsa, un arquitecto municipal del requeté con pistola al cinto y mando en plaza, que puso su apreciable estilo modernista al  servicio de la tradición más rancia, como suele decirse. La plaza se llama, de acuerdo con la vocación penitencial de la época, plaza de la cruz y en su centro se erige en efecto una cruz muy barroca de hierro forjado en el espíritu de Cuelgamuros (por cierto, el tío Enrique, que quería ser artista y era muy mañoso en estos quehaceres, participó en la forja). La plaza es un espacio de tránsito muy frecuentado y, para decirlo todo, una expresión bastante exacta del mundo que viene y en el que todo parece que esté vivo menos el vecindario tradicional, que convierte las aceras en un patio de geriátrico cuando sale de paseo. Una mañana cualquiera se puede encontrar en los bancos de la plaza a alcohólicos de lengua eslava y junto a los contenedores de basura a mujeres romanís provistas de un gancho con el que se proveen de lo que demás desechamos y a jóvenes y atléticos subsaharianos que piden limosna con sonrisa de colega a la puerta de los proliferantes hipermercados de la zona.

La iglesia parroquial también se ha adaptado a su nuevo papel de rompeolas de la historia y sobre sus muros severamente militares despliega cartelas con consignas como: jesucristo nunca apaga el móvil, que bien podría ser un mensaje de los evangélicos que hacen proselitismo en la misma plaza con guitarras y folletos. En el interior del templo, la biodecadente clase media que ganó la guerra civil comparte las bancadas con los fervorosos inmigrantes latinoamericanos, que tienen sus propias vírgenes y santos de devoción andina a los que, cuando toca, pasean en procesión alrededor de la iglesia. En este escenario urbano en que se celebra todos los días el día de la raza, un coronel de la guardia civil niquelado de medallas es tan extraño e inquietante  como un soldado de Pizarro por las calles del Cuzco del siglo dieciséis.