Tarde de verano. El sol se acerca a poniente y la temperatura es tropical. Los pasos del viejo le llevan a donde le empujan siempre de una u otra manera, cualquiera que sea el itinerario que tome. Todos los caminos conducen al pasado. En esta ocasión es un recodo del río donde hay una pequeña presa que alimentaba una central eléctrica ya en desuso y de la que todavía queda la carcasa y, unos metros más adelante en la corriente, una pasarela peatonal de cemento que cruza el cauce y da nombre al lugar: las pasarelas. La ribera bajo los árboles ha formado una playa de cantos rodados ocupada por  decenas de adolescentes. El lugar ofrece dos atractivos acuáticos: desde una plataforma de cemento junto a la presa los bañistas se lanzan a una poza mientras otros se deslizan sentados por la superficie inclinada de la presa. En este mismo lugar y en las misma aguas, que parecen eternas y desmienten a Heráclito, un puñado de nadadores y nadadoras (aquí el lenguaje llamado inclusivo es obligado si no se quiere faltar a la verdad)  iniciaron en los años veinte del siglo pasado el deporte de la natación  en la ciudad y fundaron el club deportivo que se levanta a espaldas de los bañistas.

El lugar y su provisión de cantos rodados es también la cancha de un deporte familiar que se transmite de padres a hijos: las chipi chapas o el arte de arrojar pequeños cantos planos de ciertas características con destreza suficiente para que crucen río saltando sobre la superficie del agua. Pero el viejo no quiere hacer una crónica municipal. Lo que llama la atención es la imperecedera atracción que ejerce este sitio,  el carácter auroral del baño que ofrece, que parece una suerte de pila bautismal de la vida en la ciudad, y la naturaleza cimarrona de los jóvenes bañistas, que repiten un rito de paso celebrado por todas las generaciones de pamploneses  hasta donde alcanza la memoria. La amiga inglesa, que se crió en el barrio adosado a la muralla sobre este recodo del río, recuerda que se deslizaba por la pendiente de la presa y volvía a casa con las bragas de color verde, para consternación de su madre. Los chicos hoy son morenos, de pelo ensortijado, se tratan entre sí con un exclamativo eh, güey, y algunas parejas han dejado el baño para ensayar sobre la plataforma de cemento pasos de algún ritmo caribeño que al viejo le es arcano. En resumen, hacen lo mismo que hicieron todas las generaciones anteriores. Están experimentado la vida, exponiendo el cuerpo a las requisitorias de la naturaleza. Un erotismo inconsciente emana de la escena y el viejo se deja enredar en la melancolía. Los bañistas son hijos de inmigrantes y si ellos no estuvieran aquí nadie se bañaría en el río, y no solo no habría futuro, también el pasado se desvanecería en el olvido. Los chicos han heredado nuestra poza del río, dejémosles que la disfruten, y que sigan escribiendo la historia.