Hala, a lo loco, los diputados que de ordinario convierten el parlamento en una gallera inmunda, ayer dedicaron al papa tras su discurso una ovación de siete minutos, como si fuera un cantante de ópera. Cualquiera diría que se había producido el milagro de una conversión masiva porque ninguno de los aplaudientes se comporta como predica el papa, ni en su vida privada ni en la pública. En la primera está en su derecho y en la segunda, actúa según la voluntad de sus votantes soberanos. Si quisiéramos una teocracia, consultaríamos a Irán. La desenfrenada ovación debe entenderse como un síntoma de la histeria reinante en la política española. Quizá creyeron que el papa estaba haciendo un exorcismo y sus palabras iban a conseguir la desaparición de don Sánchez. Estos acontecimientos a los que se atribuye una inspiración divina no se pueden embridar con la razón, y ya sea en la visita del papa de Roma o en la aparición de la Virgen María en un arbolito junto al camino siempre hay gente que se despendola.
La visita papal, como un concierto de los Rollings Stone o una final de copa del Real Madrid, tienen el mismo objetivo y la misma funcionalidad: despertar una emoción compartida mediante algún signo simple y muy visible –una bendición, un acorde eléctrico de guitarra, un gol por la escuadra-, que permita creer a los testigos del prodigio en su propia trascendencia y desbocar su júbilo. El momentum dejará una huella indeleble en la conciencia del espectador y lo recordará a la menor ocasión durante el grisáceo discurrir de su existencia posterior hasta el final de sus días. Yo estuve allí; yo lo vi. Pero ¿qué dices, abuelo?
Fue el 6 de noviembre de 1982, un día soleado y ligeramente ventoso, cuando el papa Wojtyla, a la sazón reinante en el trono de Pedro, visitó la casa solariega del santo Francisco Javier en esta remota provincia subpirenaica. Hubo la asistencia masiva esperable frente al castillo donde habría de producirse la aparición, encuadrada por un impresionante servicio de seguridad y de asistencia para emergencias. Gran jolgorio de totus tuus y de chicos del opus, la vanguardia, coreando que se rezara el ángelus por megafonía. Entretanto, los de la prensa estimábamos la dimensión de la concurrencia; aquellos tiempos había periodistas que calculaban con gran exactitud el número de participantes en una manifestación callejera y así se convino en una cifra razonable, no recuerdo cual. Apareció el pontífice en lo alto de la almena (Wojtyla fue probablemente el tipo de su tiempo con más talento teatral en un escenario de masas) y se sucedieron las bienvenidas, los parabienes, las oraciones –todo el mundo quería decir algo, que el viento se llevaba- y, por fin, la prédica sentenciosa y admonitoria de aquel enviado belicoso y beligerante.
Por supuesto, y de acuerdo con la tradición católica, nadie se enteró del mensaje. Lo importante es la liturgia, el misterio de lo fantasmal. El papa se retiró a descansar en la casa de los jesuitas antes de su partida y allí le siguió la muchachada entusiasta, como si esperara un milagro u otra bendición o lo que sea. El portón de la casa estaba abierto y desde la valla de seguridad para la plebe las miradas se dirigían a ese umbral a la espera de la aparición cuando Wojtyla tuvo otra ocurrencia teatral y se asomó al balcón superior al que con gran estupor se elevaron los ojos de la feligresía mientras el protagonista sonreía como un santo. ¿De verdad les gusta que les adoren? A los rockeros, sin duda, pero es que esos se drogan. Por fin, el helicóptero se llevó al papa a visitar otros mundos y la función terminó. Entonces regresó la realidad.
El férreo aparato de seguridad y asistencia que había operado desde primeras horas de la mañana se desmontó de inmediato. Los guardias civiles se quitaron el tricornio para secarse el sudor de la frente, los voluntarios se despojaron de los chalecos y dejaron sus puestos de vigilancia y control, los paramédicos plegaron las camillas y todos encendieron un cigarrillo de satisfacción por la misión cumplida sin incidentes, y con más prisa que pausa regresaron a sus bases mientras la masa de fieles, liberada del corsé, se deshilachaba hacia los autobuses y automóviles aparcados a unos centenares de metros del lugar del milagro, y en estas el cielo se encapotó, el día se sumió en las tinieblas y una tormenta torrencial que parecía un castigo bíblico se abatió sobre los confiados creyentes. Todos se empaparon hasta los huesos pero no pocos, algunos centenares, se perdieron en la oscuridad sobrevenida y tardaron horas en ser rescatados porque, sencillamente, nadie podía creer que el papa había abandonado a tantos náufragos perdidos por el campo.
Entretanto, los periodistas habían dejado el lugar a escape porque lo importante era redactar las crónicas del mítico evento y al llegar a las redacciones el jefe (un antiguo cura, en este caso) les obligó a multiplicar por equis los asistentes que habían estimado porque no se podía creer que hubiera tan poca gente ante el papa de visita a esta tierra de misioneros. De las decenas de desamparados que aún vagaban bajo la lluvia nadie se acordó hasta dos o tres días después.
Nota bene: El papa Wojtyla fue el impulsor espiritual de la ofensiva conservadora de Reagan y Thatcher en los años ochenta de cuyo declive han surgido los actuales neofascismos qui laetificat senectutem nostram.